PEPA RUBIO BARDÓN


SARAMAGO

Mayo, 2009. De Costa Teguise a Playa Blanca, al pasar a la altura de Tías, recordé que el periódico del día destacaba la estancia de Vargas Llosa en casa de Saramago. No parecía el lugar ideal para unas vacaciones: desértico, duro, polvoriento, que invitaba al recogimiento y a la introspección. La mayoría no elegiríamos ese destino, que sin embargo me pareció el más idóneo para unos personajes como el escribidor y su anfitrión.
Muy distintos y distantes en muchos aspectos, pero también parecidos y cercanos en otros: libres, arriesgados, siempre curiosos y nunca indiferentes. Reaccionan del mismo modo ante el folio en blanco: lo llenan de frases, ideas, sentimientos…que una vez impresos, nos ofrecen visiones del mundo, que no hubiéramos descubierto sin su ayuda.
Ambos tuvieron comienzos difíciles y los dos escalaron las más altas cimas de prestigio y reconocimiento. Coleccionaron infinidad de premios, que culminaron con la concesión del Nobel.

MATÍAS ORTEGA CARMONA

SARAMAGO Y ANTONIO

“No creo en dios y no me hace ninguna falta. Por lo menos estoy a salvo de ser intolerante. Los ateos somos las personas más tolerantes del mundo. Un creyente fácilmente pasa a la intolerancia. En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en dios, no lo necesito y además soy una buena persona”

Las palabras de José Saramago me dan pie para acercarme a otro personaje, cercano en su forma de pensar al escritor, pero lejano a la fama y posición de éste. De Antonio, así se llamaba, pude aprender lo importante que puede ser aquél que haciendo gala de su humildad y sin haber podido acceder a grandes estudios supo entender y vivir la vida. Amó como nadie la sencillez huyendo siempre de las grandes ideas con las que los poderosos, ya sean militares, políticos, grandes empresarios o aquellos que se atribuyen, en nombre de cualquier religión, la defensa del dogma, atacan la libertad de cualquier ser humano que aspira a ser, como decía Saramago, simplemente una buena persona.

LUIS MIGUEL GONZÁLEZ GARCÍA

“De Marta Para Carlos”

N- Saramago, José; “Todos los nombres”. En realidad iba buscando la novela “El hombre duplicado”, también de Saramago, aunque me temía que, siendo tan reciente su publicación, todavía no la habrían incorporado a los fondos de la biblioteca. No conocía este título suyo, así que, antes de tomar la decisión de llevármelo, leí el resumen de la contraportada: “Don José es (...) un hombre solo, un simple escribiente, que tiene una afición secreta: recortar y coleccionar noticias sobre personas famosas completando dichas fichas con documentos del Registro Civil, donde trabaja. Cuando, por azar, entre las fichas de los famosos se traspapela el registro de una mujer anónima, Don José se obsesiona y comienza a buscar a la ‘mujer desconocida’ “. El argumento de la novela, por curioso, llamó mi atención y me empujó a llevármela. Mientras lo hojeaba, del interior del libro cayó al suelo un trozo de papel. Era una nota manuscrita en la que se podía leer: “De Marta para Carlos - Café Corrillo - 6N 12:30 p.m.”. Aquello tenía todo el aspecto de tratarse de una cita, que estaba claro que no era para mí: ni me llamaba Carlos ni conocía a ninguna Marta. Me resultó sorprendente que en la era de la informática y de los mensajes SMS, no figurase un número de teléfono o una dirección de correo electrónico. Dudé sobre la procedencia de interferir en el encuentro. Resultaba obvio que si me llevaba el libro o colocaba la nota en otro distinto la reunión nunca llegaría a producirse; imaginaba que por alguna causa que no entendía, Marta y Carlos habían decidido utilizar esta obra como buzón para sus mensajes, como punto de partida de su encuentro.

ESTHER BRAVO

“Compasión...con pasión”


Lágrimas de júbilo, lágrimas de dolor que hablan
Las que agrietan dentro, como una afilada hoja en el rostro
Mirar lentamente, escuchando los sonidos del silencio
Captar la humildad, las manos enrojecidas, encalladas.


Moverse del sonido, del regocijo, perderse de él
Subir al alto piso con los pies doloridos, por los niños
Cantar la nana de la suave luz de la esperanza
Y abrazar cada día sus gritos, sus llamadas.

Dormir poco arrancando el alba para respirar
Respirar a su lado, acompañar sus gestos, estar
Estando con su alma, calmando su injusticia, hablar
Hablando con sus labios, comiendo con su boca.

Parar el tiempo por sus canciones, rozar
Rozando su casa, abrir el armario de su ilusión, mojar
Mojando el agua necesaria, para él para ella, beber
Bebiendo sus colores, sus cabellos, su raza.

Y…, si caminas por su sendero, correr
Corriendo por sus pasos no dejando atrás el cielo.
Ese cielo tuyo y mío, de la misma nube, soñar
Soñando por igual que todos debemos soñar, igual…

Esther
Noviembre 2010

COMIENZA EL HOMENAJE A RABINDRANATH TAGORE

Durante los meses de septiembre y octubre el grupo "Amigos Escritores" centrará sus creaciones en la vida y obra del filósofo Rabindranath Tagore. Les animamos a participar con sus escritos y comentarios.

MARÍA DEL CARMEN SALGADO ROMERA

Paráfrasis del poema 30 de
"El jardinero"

En mi cielo al crepúsculo eres como una nube
y tu color y forma son como yo los quiero.
Eras mía, eres mía, mujer de labios dulces
y viven en tu vida mis infinitos sueños.
La lámpara de mi alma te sonrosa los pies,
el agrio vino mío es más dulce en tus labios,
oh segadora de mi canción de atardecer,
cómo te sienten mía mis sueños solitarios!

MAR CUETO ALLER

LA SULTANA AVENTURERA
  Ananda era hija de la favorita del sultán de Kapurtala. Cuando nació en el harén esperaban que fuese un varón. Las demás esposas y concubinas se alegraron de que se hubiesen frustrado las expectativas. Auguraban que el todopoderoso dueño del lugar las repudiaría al enterarse del suceso. Tal como había sucedido con sus anteriores favoritas. Hubiesen acertado de no ser por un incidente inesperado que aconteció en el momento en que se decidió a darles la funesta noticia. No quiso enviar a un emisario en honor a los tres años de felicidad y espera que le había procurado la desafortunada madre. Aunque se sentía tan colérico que no se imaginaba que nada pudiese hacerle desistir de su decisión.

Mª IGNACIA CASO DE LOS COBOS GALÁN.

Sentimientos de otoño


Ha llegado el otoño con sus encantos. Cambia el tiempo. Un día hace frío, otro calor. Las hojas se mecen en las ramas de los árboles con la música del viento, y acaban cayendo, lentamente, húmedas por el cierzo del amanecer, dejando en el jardín una bella alfombra pintada de colores tostados y amarillentos. Al atardecer están secas sus hojas y, al pisarlas, aspiro su maravilloso olor. Con el pié las lanzo al aire y vuelven a caer formando otro dibujo, otro sentir en mi interior lleno de melancolía.

El otoño de la vida me está rondando, y veo que luce distintos colores: alegrías, desencantos, esperanzas de algo que acaso no llegará. Mas, al pisarlo, despide también su olor: sabiduría, cariño, placidez, recuerdos, muchos recuerdos… que se pelean por ocupar mi mente…

Oviedo, 31 de octubre de 2010.
Mª Ignacia Caso de los Cobos Galán.

ANA ALONSO CABRERA

“COMER POCO...”

Recuerdo a mi abuela, sentada, al lado de la cocina de carbón, con su enorme cuerpo desbordando la silla de mimbre, los grandes ojos azules y la casi permanente sonrisa desdentada en su rostro, sobre todo cuando, a quien quisiera prestarle oídos, desplegaba todo su saber y su experiencia en lo que yo llamo filosofía de caleya* o filosofía en zapatillas.
La primera vez que soy consciente de esa filosofía, fue a los 8 años. Miguel, mi más querido y mejor compañero de juegos se iba de mi vida. Se marchaba lejos y no volvería a verle nunca más. Ante mi evidente disgusto mi abuela me preguntó y yo, llorando y con rabia le conté qué me pasaba. Ella sonrió, me abrazó en su blando regazo y limpiándome las lágrimas me dijo aquello de “si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas”. Me fastidió bastante.

ALEJANDRO ALONSO CABRERA

DIJOLE...

....Y díjole una estrella a la mar:
-Con lo grande que eres ¿por qué no eres capaz de amar?
Mas el mar en su respuesta tan sólo dejó oír su lamento sobre las rocas.
.... Y díjole una estrella al viento:
-¿Por qué no paras e intentas amar?
Mas el viento miró, vio camino y marchó.
... Y díjole una estrella a una flor:
-Con tu hermosura y tu dulce olor, ¿por qué no amas lo que hay a tu alrededor?
Mas la flor así le contestó:
-Se puede amar en silencio, como ama la mar al viento, se puede amar y, sin embargo, no saber contestar. Porque yo amo al viento y amo a la mar, pues ambos me dan vida, como me la dan el sol y la luna, y de los pájaros su trinar. Y yo ahora te pregunto: ¿Te has parado a pensar que en vez de preguntar tú también puedes amar?

JANY

MARIA EVELIA SAN JUAN AGUADO

ALAS DEL RECUERDO

                    Golpea rítmica la lluvia,
La tristeza se ha adueñado de la tarde.
Las flores de la memoria
Emergen blancas junto a sus nombres.
Pesa la ausencia muda.
Bajo el manto verde de la hierba tierna
Se oculta la savia de sus voces.
Se fue el sol que aliviaba los huesos
En el amplio ventanal de la vivienda.
                     Crepita la leña en la cocina
Ecos de dichos lejanos
Asoman a nuestra boca
Con sabor a vino añejo.
Objetos que brotaron de sus manos,
Bellos, útiles, sencillos,
Espejos cuarteados de su esencia.
               Devine la noche joven.
Por los pasillos del tiempo
Deambulan como espectros
Los deseos incumplidos,
Las ilusiones fallidas,
Los momentos enroscados
En las alas del recuerdo.


Mª Evelia San Juan Aguado
Oviedo, 31 de octubre de 2010

JUAN LÓPEZ TRUJILLO

RELEYENDO VIEJOS PAPELES


Siempre he querido cantarte, pero ni encontré las palabras, ni supe templar mi lira.

Quise hacerte un ramo de versos, ponerlos en tu regazo y que así se remansaran y tuvieran sentido, calentado con los latidos de tu joven corazón, pero poco a poco se fueron marchitando como las flores de otoño que bordean los caminos.

Nunca fui invitado a la fiesta de tus besos y solo de miradas requisadas, pude irme adentrando en la negra y caliente profundidad de tus ojos.

Apenas supe del aroma de tu cuerpo, al serme negada toda proximidad, alguna presencia, estando siempre bordeando el abismo de ese precipicio al que se asomaban mis deseos.

MATÍAS ORTEGA CARMONA

HABLANDO CON IRENE

EL MAR

- Abuelo ¿Por qué miras tanto el mar?- preguntaba la pequeña Irene.
- Mi querida nieta –contestó su abuelo–, el mar es azul como tus ojos, tranquilo como tu sueño y también bravo, como tú cuando te enfadas.
- Las olas vienen y van y me traen tu recuerdo cuando te tengo lejos, su rumor es como tu risa, entra dentro de mí como la música y da paz a mi espíritu.
- Abuelo ¿Por qué aquí el mar tiene dos orillas?
- Verás, mi tesoro, el mar que conoce y baña la costa de multitud de países cuando llegó a Galicia se enamoró de esta tierra, tuvo envidia de los ríos y como éstos quiso penetrar dentro de ella.
- ¿Y el mar siempre es azul? – dijo la niña.
- El mar es un espejo en el que se mira el cielo, en él se refleja su color, que cambia del nítido azul al gris de la tempestad, puede ser muy bello y también dar miedo hasta encoger el alma.
- Abuelo, si yo soy como el mar ¿también puedo darte miedo?
- No, querida mía, tú sólo puedes darme amor, aunque bien es cierto que podría sentir temor si te viese enferma o sujeta a cualquier peligro, sólo eso sumiría mi mar en horribles tinieblas.
Rabindranath Tagore nos dejó una magnífica obra literaria de la que yo destacaría sus relatos breves. Cuentos que partiendo de una elaborada sencillez exaltan en pocos párrafos todo un mundo de sensaciones en el que predominan los sentimientos.
Respetando estas pautas he llevado al papel una conversación algo imaginaria con esa niña, aun en camino, pero pronta a llegar, que es mi primera nieta a la que llamaremos Irene.
Estoy seguro de que la innata curiosidad de los niños y mis ganas por enseñarle mi mundo harán que esas conversaciones sean una práctica habitual.


Matías Ortega Carmona
Carnoedo 8 de octubre de 2010

MANUEL ÁNGEL ORTIZ MARTÍNEZ

ESPERANZA

Era un amanecer, cuando el Sol bañaba las sagradas aguas del Ganges, que Tagore habló con estas palabra.

La esperanza es el sentimiento que produce en el corazón humano el deseo de conseguir su sueño.

Dios es el origen de todas las cosas. Es energía infinita. El hombre, ser imperfecto, cargado hasta la saciedad de sentimientos negativos, deambula por su existencia anhelando la perfección. Sin embargo, no trabaja para conseguirla, ni siquiera se plantea ser feliz. Pasamos por este mundo lamentándonos de nuestras desdichas, sin valorar nuestros logros. ¡Ay si fuésemos ecuánimes con nosotros mismos! Se nos ha dado el don de la vida y no lo valoramos. El daño es la consecuencia de satisfacer nuestras vanidades.

Tagore seguía reflexionando mientras el Sol calentaba tenuemente ambas orillas del río. Se respiraba un aire con cierto olor a esencia de perfume. Algunos niños empezaban a despertar de sus camas, camastros que no eran más que las tablas de madera apoyadas en el suelo de unas viejas barcazas que flotaban en las caudalosas y mansas aguas del río sagrado.

¡Qué hermoso es ver la carita de un niño cuando sueña, cuando ríe y cuando juega! El alma infantil es la pureza hecha perfección. Aprendamos de los niños y nuestra vida será el edén. Porque donde se funde el mar con el cielo, donde la vida y la muerte sellan un pacto, donde los buenos deseos se confunden con la utopía, está un niño.

Y como los sentimientos no dependen de las clases sociales o castas, Tagore lloró. Lloró pese a que su humildad le hacía fuerte, sus logros le enorgullecen y sus llantos, que eran sus deseos no colmados, le apenaban.

Lloro por vosotros, hijos míos. Lloro también por ti, amada mía. Y lloro por mí. Pero no os preocupéis. Mi destino está escrito y sólo es cuestión de tiempo que llegue el momento de reunirnos. Por eso sigo creyendo en la esperanza.

Madrid, 19-10-10
MANUEL ÁNGEL

JOSE JULIO CUETO LOZANO

Ese Hombre
1

Nació donde vemos las estrellas diurnas, las olas que reflejan los rayos infinitos del sol.
Espumado el aire que mecía su melena y su cuerpo cubierto de su más sincera desnudez, caminaba en el lodo hasta encontrar la primera familia que le acogió.
Allí, llamó gozo al cantar de los pájaros y a los reinos que torneaban su silueta.
Aprendió; y desaprendió los buenos haceres y creyó en ilusiones infantiles de cuentos mágicos y torbellinos de candor.
2

Mi casco no prefiere humano alguno.
No, nunca quiso como quiere y sueña la gente.
Mi sueño es negro y laberíntico. Falto de guerras y sangre se mece entre silbidos de paz.
Toda la vida he sentido el condicionamiento por aquellos hombres sociales y de mal gusto, que no dejan de decepcionarme con sus pesadillas y orgullos.
Chabacanos son sus conflictos y fuera de felicidad sus resoluciones.
Pronto descubro que entre la germinosa multitud rebusco en semejantes. No entes que hubieran nacido de vientres calientes y con caracteres divergentes y desnutridos.
Así pues, comienzo un periplo de indagación en el hombre natural y bello.
Y si un rayo de amargura atravesase su pelaje, arrancaré con seda de mi alma, abrigo de caricias de amor sincero.

PEPA RUBIO BARDÓN

              AUSENCIA

Estoy triste es primavera y no estás
mis ojos de luto te buscan en la niebla
mientras el faro lanza estornudos de luz
espero descubrir tus pupilas profundas como el mar
sumergirme en ellas bucear bajo la espuma de sus olas
te sueño cabalgando sobre verdes praderas
salpicadas de flores que se enredan en tu pelo azabache
percibo tu intenso perfume de esencia violeta
como manto de lluvia que amanece sobre las madreselvas
deseo tu calor el roce de tus labios
el rumor de tus palabras y tus elocuentes silencios
busco espero sueño percibo deseo
daría la primavera por tenerte


             ENCUENTRO

Nuestras miradas se encontraron al fin
era de noche y se hizo la luz
el aire tibio olía a glicinias
sus racimos malva vistieron de alivio la aurora
las luciérnagas perezosas señalaban el camino
nuestras cálidas manos fueron una sola
cerramos los ojos para sentir el fuego entre los dedos
el tiempo se detuvo
el extremo silencio se quebró
con los sonoros latidos de nuestro corazón



Oviedo, 10 del 10 del 2010.
Pepa Rubio Bardón.

HOMENAJE A JEROEN ANTHONISZOON VAN AKEN (EL BOSCO)

Durante el verano hemos escrito sobre el cuadro del pintor "El Bosco" titulado "El jardín de las delicias", intercalando en los textos las palabras "caramanchón", "nebreda", "colaire", "sesquiáltero", "tendal" y "catetómetro".
Hemos recopilado 11 relatos a los que hay que añadir otro que, si bien no se ciñe al cuadro, ni a las palabras propuestas, sí tiene un gran interés por estar basado en un hecho real.
Deseamos que disfruten con estas lecturas.

LUIS PARREÑO GUTIÉRREZ

AL COLAIRE DEL TENDAL.


Acababa de dejar mi última lectura, un artículo sobre las posibilidades de vida inteligente en el universo. Su autor hacía una sencilla ecuación: tantos millones de galaxias, tantos miles de millones de estrellas, tantos planetas, tantas posibilidades de vida inteligente...

La distancia a recorrer entre ellos, medida en pársec (millones de años-luz) dejaba claro que de existir vida, no sería apenas posible que nos encontráramos en el Universo con seres semejantes a nosotros, etc.

Un poco confuso, meditando sobre la soledad estelar, me dirigí a la ventana de mi estudio y me encontré con una sorpresa alucinante. Alguien estaba dibujando en la pared del edificio de enfrente un grandioso mural con imprecisas figuras esbozadas, lleno de colorido, en fin, un perfecto caos ordenado que diría el filósofo de guardia.

*** *** ***

GUILLERMINA CASTAÑÓN

OTRO BASTA YA

Era medianoche, se disponía a retirarse a su habitación. Antes de subir las escaleras echó un vistazo para cerciorarse de que todo estaba en orden. Una vez en la parte alta de la casa, también como de costumbre, se percató de que salía luz por debajo de la puerta de las habitaciones de sus hijos…….pensó: ¡Que alegría!, están en casa.
El país estaba revuelto y cada vez había más enfrentamientos en la calle: los jóvenes y tambien los menos jóvenes no estaban de acuerdo con el rumbo que estaba llevando el país. Lo que más le preocupaba era cómo su marido se iba envenenando día a día hasta el extremo de poder enfermar por todas las cuestiones que se estaban viviendo y otras muchas que estaban por venir. Por eso y tantas otras cosas se sentía feliz cuando su familia estaba en casa.
Una vez en la habitación observó que su marido dormía placidamente, pero su tranquilidad duró poco, pues en ese momento se oyó un estruendoso ruido en toda la urbanización despertando de un sobresalto Andoni, su marido. Se levantó rápidamente y abrió la ventana: ¡Qué pasa!... gritó y pudo ver cómo unos individuos estaban forzando a un vecino y con la resistencia de éste estaban dando fuertes golpes en las puertas de la entrada a la urbanización con el coche. Bajó rápidamente y antes de abrir la puerta de la calle, dio media vuelta, entró en el despacho, abrió el cajón derecho de su escritorio y cogió la pistola.

Mª EVELIA SAN JUAN AGUADO

EL CUARTÓN

Todos los miembros de la familia lo llaman “el cuartón” –por su tamaño- y tienen relación con él. Es un camaranchón, sesquiáltero como toda la casa, un mundo singular, desligado en parte del resto y dotado de vida propia. El suelo es de tabla sin barnizar y las paredes enfoscadas de cemento. Atraviesan el techo unas robustas vigas de madera muy oscura, a gran altura. Recibe el sol de la mañana a través de una ventana baja que se abre al tejado del taller.

Allí conviven en armonía miles de objetos dispares que alguna vez acompañaron a los dueños en su diario afán y luego quedaron a la espera de una nueva oportunidad. Destaca desde la entrada la cama azul de barrotes de madera, construída hace más de sesenta años por el señor Nebreda, experto en la materia, destinada ahora a conservar los colchones de lana que hace más de veinte años fueron sustituídos por otros de espuma o de muelles. A la señora Nebreda le daba pena desprenderse de ellos, después de tantos años de abrirlos todos los veranos, extenderlos al sol, varear los vellones, remendar la tela o poner una nueva, coserlos y ponerles las cintas anudadas en lazada. Toda la vida “escomulléndolos” a diario al hacer las camas, le parecía imposible que pudieran ser mejores los modernos y por eso se había resistido a cambiarlos. Hacía mucho tiempo que esta cama ya no era usada por los chiquillos cuando llegaban las fiestas del pueblo. Los invitados comían y cenaban, pero ya no se quedaban a dormir como en otro tiempo.

JOSE CUETO

Homenaje a El jardín de las delicias del Bosco.


Comenzando por la nebreda que se extiende cual muro frente a mis ojos, compongo el verso creador, la primera palabra y la imagen del nubarrón de delicias que recorren mis neuronas inquietas e imaginativas. Aún veo por encima de tales hojarascas dos ojos extraños, oscuros y desviados.
Siento el chapoteo de varios necios en los charcos mientras mi hermana trata de decirme algo. Me agacho, pero apenas atiendo a lo que me dice. Aquella enorme cabeza de búho acaba de girar un sesquiáltero y tengo los nervios a flor de piel, me está dando la nuca como si de una señal de tráfico emocional se tratase.
-Ve y observa aquellas aves grandiosas y hermosas, hermano… Pero evita mirar a estos desnudos encapuchados cual medusa transparente, ¡quedarás ciego!
El contrato de fraternidad entre nosotros me obliga a hacer caso de mi imitadora de eremitas, filósofa sin rumbo y delicada hermana.
Vadeo por un pequeño colaire los preciosos enebros y aparezco ante un tendal de figuras colgadas concéntricas a un estanque; desfilando, montando, cogiendo y riendo animales abestializados y domésticos.

ANA DOMINGO MARTÍNEZ

≈ ABRE TU CORAZÓN ≈

La mecedora se balanceaba suavemente. Sentado en ella, Jerónimo acogía en sus manos una cámara fotográfica anticuada. Con esmero y pulcritud todos los días la examinaba. Siempre estaba a punto para hacer saltar su disparador y con un solo clic captar aquellas imágenes que le motivasen.

Se oyó el motor de un coche. Alzó la cabeza para divisar a través de la ventana. Jerónimo se levantó de la mecedora y ésta se quejó para después de un rato pausar. Como todos los veranos, venía el pequeño diablillo, su nieto Nicolás a pasar la temporada con él. Lo esperaba con mucha ilusión.

Abrió la puerta sin decir nada y sintió alrededor de su cintura unos bracitos. Eran momentos inolvidables para este anciano. Pasaron dentro de la casita, su hija Juana junto con su marido Imanol, Nicolás a toda pastilla y Jerónimo. Charlaron buen rato en el acogedor salón, mientras el chiquillo no paraba de corretear por todo el pasillo cuando de repente, llamándole la atención una puerta cerrada que había arriba del todo, al finalizar las escaleras, tropezó y cayó de narices contra el suelo, lloriqueando a moco tendido. Alarmados, fueron a ver lo que había pasado e intentaron calmarlo. Decidieron ir a merendar -y así olvidar el susto- lo que habían preparado en un gran cuenco a base de fresas, cerezas, frambuesas, madroños y melocotones. Ya entrada la noche fueron a acostarse, menos Nicolás y Jerónimo. El niño quería permanecer más rato con su abuelo y así tener la oportunidad de preguntar qué era aquella habitación de arriba, “la culpable de su caída”.

Mª IGNACIA CASO DE LOS COBOS GALÁN


EL GRAN PUZZLE

Aquél verano estaba dando sus últimos coletazos. Hasta el sol palidecía y el viento daba sensación de frío; el mar se había puesto bravo, con grandes olas que saltaban el malecón. Nos tenían prohibido acercarnos allí porque todos los días volvíamos con un gran remojón.
Pasamos por una nebreda sin saber qué hacer. El cielo amenazaba tormenta y no era divertido estar deambulando por las calles.
Por fin nos decidimos: fuimos a casa de mi abuela a la que rogamos nos dejara subir al caramanchón. Siempre nos ponían trabas, por lo que era un reto para nosotros. Habíamos oído contar truculentas historias ocurridas en lugares semejantes.

MARÍA DEL CARMEN SALGADO ROMERA

LA FOTO

Septiembre se adueño de mí, y yo me adueñé de su piso.
Casi sin pensar.
Una transacción rápida, necesitaba el dinero.
Deudas de juego, supuse.
Y se marchó sin llevarse las paredes.

Unas paredes extrañas, salpicadas de fragmentos de El Jardín de las Delicias.
Repartidos por el salón, hombres, mujeres, animales y frutas desnudos.
Sí, todos desnudos. En relieve, pintados de vivos colores.
A tamaño real.

MAR CUETO ALLER

DESCENDIENDO
Cuando abandonamos el planeta Edenia sabíamos que dejábamos atrás un mundo de bienestar, plenitud y abundancia insuperables. Aún así, en nuestra inconsciencia, íbamos llenos de esperanza y de expectación. No guardábamos rencor al consejo supremo por habernos desterrado. Sabíamos que no les había quedado más remedio. Nuestra obstinación era la causante. Estábamos muy agradecidos de que en lugar de destruirnos, como estaba en su poder, nos hubiesen facilitado la nave necesaria para nuestra completa supervivencia. Intentaron por todos los medios de disuadirnos. Pero todo fue en vano. La duda había germinado dentro de nosotros y ya no podría ser exterminada. Recuerdo las interminables charlas con las que trataron de reeducarnos. Y cómo, vez tras vez, frustraron todos nuestros intentos de rebeldía.
-¿Cuál es la razón de que deseéis ir contra la libertad preestablecida?-Nos preguntaban intrigados.
-Deseamos saber qué se siente al hacer lo contrario de lo habitual-contesté con sinceridad.
-¿Para qué? Si lo habitual está comprobado que es lo mejor para todos nosotros. Y según los estudios que constantemente efectuamos ya se ha demostrado que los cambios son necesarios. Pero deben instituirse paulatinamente, de modo que la adaptación sea lo menos traumática posible y se asegure el éxito y la ausencia de fracaso equilibradamente.

JESÚS SALGADO ROMERA

LA CREACIÓN

Desperté lentamente. Abrí los ojos sintiendo calor, tenue y reconfortante.
Una suave luz anaranjada me rodea.
Muevo los brazos. Chocan con una capa flexible. La analizo visualmente; la palpo: es una membrana de materia orgánica que forma una burbuja a mi alrededor.
No sé qué puede haber al otro lado de esta translúcida crisálida.
Estoy débil y siento cómo mis fuerzas flaquean.
Mis párpados pesan, mis brazos quedan cruzados en mi regazo; el cansancio se transforma en un adormecimiento que se apodera de mi mente, y me sumerjo en él.
Silencio, calor reconfortante, placidez.

PEPA RUBIO BARDÓN

NADA ES LO QUE PARECE

En las vacaciones de verano, los primos nos reuníamos en casa de los abuelos, y una de nuestras distracciones favoritas era inspeccionar el caramanchón y convertirnos en improvisados detectives, con la ilusión de hallar un gran tesoro. Nada escapaba a nuestra curiosidad y control. Hacíamos un minucioso registro y no dejábamos títere con cabeza. Nos llamaban especialmente la atención las fotografías antiguas. En la mayoría de los casos no conocíamos a los retratados, que se convertían en protagonistas de historias disparatadas o truculentas, que provocaban un coro de risas o una desbandada general.
Nuestro interés se centraba sobre todo en un baúl de metal, con dibujos dorados y azules, forrado en raso, que la abuela había traído de Córdoba-Argentina. Contenía un sinfín de objetos: guantes de ganchillo, tocados, sombreros, carteras de mano, vestidos de gasa y encaje, prendas de terciopelo, zapatos de tacón que hacían las delicias de las niñas a la hora de los disfraces.

ALEJANDRO ALONSO CABRERA

Madre

La mañana levanto airón, era normal en aquella época del año, pero día sí y día también llegaba a cansar. Había quien decía que aquello era bueno, que la naturaleza era sabia y que para algo servía. ¿Para qué? Me preguntaba yo, ¿para qué? Era más molesto que otra cosa y, desde luego, yo no le veía utilidad alguna, si acaso para molinos de vientos que no había en el lugar. No tengo recuerdo de otro tiempo igual, y eso que con aquella edad los recuerdos estaban bien frescos; ahora me cuesta traerlos, no sé si por el propio olvido o por el cansancio de la edad.
Ver a mi padre moviendo los trastos del camaranchón me dejó perplejo, no era hombre de labores domésticas. Quizá buscaba algo, no sé, tal vez mi madre le mandó, el caso es que buscaba y estuvo un buen rato revolviendo, moviendo las cosas de acá para allá, bajaba y salía de la casa, miraba desde el exterior y volvía a entrar, subía de nuevo y continuaba la búsqueda. A mí me tenía en ascuas, jamás le había visto así, no estaba exaltado ni cabreado, tampoco tenía cara de preocupación ni desespero. Era, mi padre, más bien un hombre tranquilo, incluso fue capaz de mantener la calma cuando la cuadra fue pasto de las llamas. Consiguió sacar al ganado y recuperar casi todos los aperos, apagar el fuego fue otra cosa, pero supo organizar a los vecinos para que aquello no se extendiera. En una de esas bajadas y salidas de casa, en vez de mirar la casa posó su mirada sobre mí. Me sentí un tanto temeroso. Avanzó con paso firme hasta donde yo estaba. Realmente yo no había hecho nada, había estado toda la mañana fuera de la casa, le había dado de comer a las pitas y los gochos y había limpiado un poco, después me senté bajo un exiliado árbol que debía pertenecer a la nebreda de tras el monte. Cuando mi padre estuvo frente a mí me preguntó

MATILDE RAMÍREZ ARANDA

RECUERDOS FAMILIARES

La pequeña Juana vivía en un diminuto pueblo, en la provincia de Teruel. Uno de esos pueblos donde nunca pasa nada, y donde casi no vive nadie. Era una de las pocas niñas que correteaban por las calles, jugueteando con el repiqueteo del eco de sus pasos; pero, acostumbrada a estar sola, no desfallecía jamás en su afán por divertirse y aprender cosas nuevas, futuros soportes de sus fantasías.

Para pasar el tiempo, su madre le había permitido, tras su reciente noveno cumpleaños, escarbar en el polvoriento caramanchón de la vieja casa familiar. Allí, junto a viejos trillos y arados, martillos, hachas, y herramientas de todo tipo, incluso un catetómetro había, encontró su pequeño tesoro. Un libro enorme, de aspecto ancestral, encuadernado en cuero ennegrecido por el uso y el tiempo, que sabe Dios de quién sería, ya que ni su abuelo Paco, que era el depositario de los recuerdos e historias de familia, tenía claro a quién había pertenecido.

En las tardes de primavera, Juana gustaba de acompañar a su madre a preparar el tendal. Allí, detrás de la casa, al colaire, secaba antes la ropa. Y mientras su madre tendía, ella, tumbada en la hierba, que crecía abundante junto a la vereda que conducía a la nebreda, escudriñaba con afán su hallazgo.

No terminaba de entender con claridad algunas cosas, y la proximidad de su madre le daba la oportunidad de preguntar: “Mamá, ¿qué significa sesquiáltero?, mamá ¿qué es rito? ó ¿por qué el tío Julián no tiene pegasos en las cuadras?”

EL HOMENAJE A OSCAR WILDE HA CONCLUÍDO




Hemos recopilado doce interesantes textos, entre relatos y poemas. Ha sido un gran placer para muchos el reencuentro con la obra de este autor, y para el resto descubrir a un escritor tan interesante.
Aquí quedan, para el deleite de nuestros Amigos Lectores, nuestros escritos.

Mª IGNACIA CASO DE LOS COBOS GALÁN

LA MARIPOSA AZUL

Mi nombre es Romualdo José y el pueblo donde yo vivo, mi pueblo, se llama Aristóbulo del Valle, en la provincia de Misiones, (Argentina). Se encuentra en las cercanías de la Selva de Iguazú, rodeado de montañas con bosques frondosos.

Cuando yo era chico me encontraba jugando con unos amigos a las canicas y a la peonza, que tirábamos fuerte para que roncara, cuando de pronto se posó sobre mi brazo una mariposa color azul, bonita y grande como nunca había visto. Le puse la palma de la mano y voló hacia ella y así pude contemplarla durante mucho tiempo. No quería que marchara, había venido a mí, era de mi propiedad; mas… ¡qué equivocado estaba! porque, pasado un tiempito, se fue hacia unas ramas y poco después la perdí de vista.

¡Qué desilusión sentí! Al llegar a casa se lo conté a mis padres y abuelos que me dijeron era un tipo de mariposa que habita en la selva. Aquello quedó rondando por mi cabeza y no paraba de pensar en hacer una excursión para volver a verla.

JOSÉ CUETO

El hombre sin retrato


Caminaba por la gran ciudad, abrigado del frío y de las miradas de la abarrotada calle. Una gorra le protegía de la incesante lluvia londinense y la parte inferior de su rostro y el cuello estaban cubiertos por una neck gaiter de color ceniza. Las manos en los bolsillos de su chaqueta le daban un aire despreocupado y juvenil. No solía salir de su casa, pero ya hacía demasiado tiempo desde la última vez. Su cuerpo le pedía pasear bajo las oscuras y esponjosas nubes del Londres matutino. Quería volver a ver las bellezas arquitectónicas que se erguían en la concurrida ciudad, enamorarse de nuevo de sus iglesias y sus torres, de sus palacios y del enorme y grandioso parlamento. La torre de San Esteban, conocida popularmente como el Big Ben, siempre había ejercido un poder extraño sobre él. Se paró a observarla desde el puente.

Sacó su blackberry del bolsillo de sus modernos tejanos medio ajustados, resultado de encomendar a su nuevo sirviente que le comprase algo de ropa para la ocasión. Marcó distraídamente los números y llamó a Clyde, su amigo desde la infancia. Uno de los pocos amigos, por no decir el único. En la sociedad que le rodeaba se llevaba el colegueo y el falso afecto, sobre todo cuando a uno le veían como un personaje rico y manipulable. Además, no soportaba que la gente siempre le recordase su problema, enfermedad, deformidad o como quisiesen llamarlo. Todo eufemismo molestaba de igual manera.

JESÚS SALGADO ROMERA


UN JARDÍN EN LA CAMPIÑA


Lady Ágata, con un cestillo de flores, entra en la biblioteca, donde su esposo reposa en una butaca, con los ojos cerrados y el periódico “TheTimes” abierto por la página bursátil sobre la mesa de lectura.

-Querida, ¿has visto a Louis? -dijo Lord Albert Edintong, mirando vagamente a su esposa-.

-Sí, querido, lleva toda la tarde con el jardinero, replanteando los parterres frente a la carretera -contestó lady Ágata, colocando una última prímula en el jarrón del espejo, sobre la chimenea-.

-Hemos de hablar. En privado -Lord Albert se levantó para cerrar cuidadosamente la puerta-. La situación ya no se puede sostener más. Mañana Louis sustituirá el cartel de “SE ALQUILA” por el de “SE VENDE”.

-Pero, querido, eso significa...

-Que debemos marcharnos definitivamente de aquí –acabó la frase su marido-. Y reconocer nuestra derrota económica, lo cual me cerrará muchas puertas, pues nadie se asocia a un fracasado.

-Si hubiéramos podido alquilar…-suspiró ella-.

-Nos hubiéramos ido al continente, dos meses en Frankfurt, con tus primos, tres en la Riviera francesa, con mi hermana y su marido, y otros doce meses más visitando a los parientes alemanes e italianos.-Lord Albert carraspeó levemente-.

MATÍAS ORTEGA CARMONA

El Ruiseñor y la Rosa



Hizo suyas, el cándido ruiseñor,
las penas de un joven embelesado
por una mujer vanidosa,
quien como prueba de amor
le pidió la más bella de las rosas.

¿Dónde encontraré esa rosa roja
que cautive el corazón de mi doncella?
¿Existirá un rosal que dé una flor tan bella?
Se preguntaba el galán lleno de congoja.

Contestó el ruiseñor:
No sufras mi buen amigo,
Volaré hasta hallarla
y pronto la tendrás contigo.

Cansado de tanto volar
sin encontrar lo que buscaba,
se detuvo a descansar
y mientras lo hacia, cantaba.
Un rosal de blancas rosas
de sus trinos se prendó
y su flor más hermosa
al ruiseñor ofreció.
Más linda no podía ser,
pero su blanco inmaculado
no era el color deseado
por la caprichosa mujer.

Abrazado al rosal, sin notar sus espinas,
seguía cantando el ruiseñor,
mientras gotas de su sangre roja
cubrían los pétalos de la rosa
y la cambiaban de color.

Así nació la rosa de la pasión,
para expresar sentimientos
que se llevan en el corazón,
unas veces alegrías y otras lamentos.


Matías Ortega Carmona

Oscar Wilde escribió un triste cuento en el que creo que reflejó parte de sus propias contradicciones emocionales. Por un lado una extrema sensibilidad destacando las bondades del amor en el personaje del ruiseñor y por otro la amargura del amor, superado por las miserias humanas, en los personajes del estudiante y su pretendida enamorada.

Esta es mi versión, en forma de poema, de esa historia.

ALEJANDRO ALONSO CABRERA

Londres, 6 de Diciembre del año de Nuestro Señor 1885


Querido y estimado amigo Ayrton:

Te escribo la siguiente con el fin de poner en tu conocimiento los extraños acontecimientos acaecidos durante mi viaje a Worthing. No es mi intención que obres, de ninguna manera, en consecuencia; tan sólo que entiendas cuál es ahora mi situación y de cómo he llegado a ella, y por qué haré, lo que haré en un futuro, supongo, no muy lejano.

Como recordarás, el pasado domingo día 22 de noviembre tuve que desplazarme irremediablemente a Worthing. Sabes lo poco amigo que soy de los viajes, pero la repentina muerte de mi tio Alvort era un acontecimiento al cual debía asistir. Llevaba varios meses postrado en la cama, siendo visitado día sí y día no por el médico del pueblo, un hombre inteligente, audaz y dotado para la medicina llamado Cordell. Así pues, el domingo por la mañana recibí la llamada de Brunke, su mayordomo: mi tío estaba agonizando y deseaba verme lo antes posible. Preparé las cosas para un viaje rápido, cosas imprescindibles, cuatro camisas, cuatro pares de pantalones, tres chaquetas y cuatro chalecos, mudas, calcetines, dos abrigos, zapatos, paraguas y el aseo. Mandé preparar el coche y te envié la nota con el motivo de mi viaje. Han pasado 13 días desde entonces. Sé que sabes que regresé el jueves 26 y desde entonces no sabes más de mí, ni contesto a tus llamadas, ni mis criados atienden a tus ruegos en la puerta. Espero que tras leer ésta entiendas el por qué.

Al llegar a casa de mi tío, apenas entré, oí los quejidos provenientes del dormitorio. Quedé horrorizado, no eran lamentos, no eran llantos de dolor, era algo más profundo, algo más sobrecogedor. No puedo quitar de mi cabeza aquellos gritos. Corrí a la habitación, pero una mano me detuvo delante de la puerta. Cordell me bloqueaba la entrada. “Espere”, me dijo, “no entre aún, entiendo que usted es Rodland, su sobrino”. Asentí entre jadeos. Los llantos traspasaban la puerta como si ésta y las paredes no existieran. Miré extrañado a Cordell, el corazón me palpitaba y la respiración se me aceleró. Al ver mi cara descompuesta Rodland trató de calmarme y me explicó que no debía pasar mientras mi tío estuviera en ese estado, no era conveniente verle incluso para él. Le interrogué sobre el estado de mi tío, pero sus palabras ni afirmaban ni negaban nada, no sabía decirme cuál era su estado, podría morir hoy o mañana, lo mismo que dentro de un mes, aunque mi tío tenía el convencimiento de que sería hoy. Pero ¿de qué mal estaba aquejado mi tío? Hacía meses que un caballo le había tirado al suelo, un hombre de su edad no debía montar a caballo. A partir de ese día es como si hubiera perdido la cordura, hablaba de personas que no estaban, de seres que le vigilaban y le decían cosas, veía cosas que el resto no entendíamos. Pero no estaba loco, aún no, era el mismo hombre que todos conocíamos. En las tardes, entrando en la noche, es como si alguien o algo se apoderara de él y se trasformara en otra persona. Tenía miedo, él, que nunca fue temeroso de nada ni nadie. Su criado debía aguardar toda la noche con él, así días y días, meses.

EVELIA SAN JUAN AGUADO

RETRATO EN SEPIA

Frente a la puerta, en el centro de la pared principal, presiden desde su gran marco ovalado el añejo comedor. Miran con insistencia incansable a cuantos entran y les siguen en sus movimientos. Ella viste traje de chaqueta negro, mantilla de blonda azabache, collar de perlas. En la mano izquierda, una pequeña cartera. Él lleva un traje cruzado de mil rayas color marengo, camisa blanca, corbata oscura. Situado a la derecha de ella, esta vez aparece con la cabeza descubierta, el pelo fuerte y hermoso peinado a raya. En los ojos enormes de ella hay seriedad, aunque si se observa algún tiempo se puede captar un ligero atisbo de sonrisa.

Son jóvenes, acaban de casarse, quieren dejar este recuerdo de su día más importante. De momento, están uno al lado del otro, él a la izquierda, ella a la derecha. Necesitan tiempo para asegurar la convivencia y lo van a tener, más de sesenta años. Miran a la cámara con seriedad.

Él piensa: “Míranos, aquí nos tienes, mejor vestidos que nunca. Acabamos de casarnos y lo vamos a celebrar en la casa de mis suegros. Tenemos un buen banquete y muchos invitados de la familia, que se van a quedar esta noche para celebrar mañana la tornaboda. No se ha escatimado nada. Han sido sacrificados 12 corderos, 25 pollos y 25 conejos. Las madres llevan una semana afanadas junto al horno para tener a punto las hogazas y hacer cestas y cestas de rosquillas. Sin olvidar los mazapanes, dos docenas.

Mª LUZ FERNÁNDEZ LLAMES

EL HOMBRE QUE CONTABA HISTORIAS


Oscar Wilde

UNA VERSIÓN POÉTICA

Sabes de tu importancia Contador de Historias.

Cuando nace la mañana sales a recorrer la vida

ojos ajenos a la espalda

que se han de mirar en el espejo de tus recuerdos.


Ser un receptor sin filtros hace temblar tus cimientos

y el cáliz de la responsabilidad

                                             te atenaza la garganta.

Sólo, frente a los titulares, sopesas tus palabras.

No es extraño, por tanto, que te corteje

                                                          a menudo

                                                                         el silencio.


Mariluz Fdez. Llames

Mayo 2010

LUIS PARREÑO GUTIÉRREZ



VIAJE ACCIDENTADO.


Supongo que lo que voy a relatar parecerá increíble, pero yo no albergo ningún interés en que lo crean o no, simplemente trataré de contar los hechos tal como sucedieron.

Por una serie de circunstancias fortuitas, mi padre fue un australiano que hace ya unas décadas llegó en un mercante a la Costa de la Muerte y quedó varado en ella.

Conoció a una inglesita remilgada que pasaba por parecidas circunstancias y se casaron, decidiendo fijar su residencia en un apartado rincón de la citada costa.

Ese es el motivo de que yo sea gallego, de padres extranjeros y que además domine tres idiomas: castellano, gallego e inglés, con un inconfundible acento de Oxford, por mi madre.

Ella me inculcó el amor a la literatura, y el hecho de poder leer en su lengua directamente las obras de los clásicos ingleses, me llevó a interesarme excesivamente por la época victoriana tardía y por una de sus figuras más destacadas: Oscar Wilde.

No les aburriré con mis viajes y aficiones, pero sí les puedo decir que en una partida de dados particularmente dura, alguien me propuso lo que a todas luces era una locura: un viaje en el tiempo.

No voy a explicar aquí qué máquina o método emplean para conseguirlo, pero sí les diré que a pesar de estar en la fecha actual, Siglo XXI, conseguí viajar en el tiempo durante un día a la Inglaterra de finales del Siglo XIX y entrevistarme con el señor Oscar Wilde en persona.

Para la ocasión me vestí como un marinero simple de los muchos que pululaban por los puertos ingleses de la época, no era cosa de desentonar y levantar sospechas.

La fecha elegida era un día de la primera semana de enero de 1882, fecha en que según los historiadores el señor Wilde se embarcó para E.E.U.U. con motivo de dar una serie de conferencias sobre Esteticismo.

Quienes programaron mi viaje tuvieron en cuenta tantos detalles que relatarlos aquí sería muy largo y difícil, pero habían conseguido tal exactitud que en la hora prevista por su programa y en el sitio indicado, aparecimos mi acompañante y yo, en medio de una fría niebla que cubría los muelles del Támesis, en la zona portuaria de Londres.

Comenzamos a caminar siguiendo las instrucciones recibidas en nuestro siglo y nos fuimos adentrando en una zona menos peligrosa que los muelles. El frío y la humedad calaban nuestras ropas y mi compañero de viaje, cuya misión era conseguir un objeto que demostrara nuestro paseo por el pasado, ya tenía claro qué llevarse y a quién sustraérselo.

PEPA RUBIO BARDÓN

De la mano de Oscar Wilde:

      “Bajo el balcón”

La luna llena henchida de nácar
las estrellas más luminosas
impedirán que mi amada se extravíe
hallará el camino de mi corazón
recorrerá campos de amapolas
rojas como sus labios
su leve pie se bañará en las gotas de rocío
que ha llorado la noche
aspirará el perfume de las violetas
que jalonan humildes la ribera
deseará la imposible belleza de los narcisos
que soplan sobre el lago esmeralda
será un ave de melodiosos trinos
que anuncia la tímida aurora
repicará suave en la ventana
como la brisa trémula del amanecer
y mi corazón despertará gozoso
mientras el sol convierte en oro cuanto toca
y hace florecer los lirios en el valle


Pepa Rubio Bardón
13—Mayo— 2010.

ANA DOMINGO MARTÍNEZ

DE PROFUNDIS…

H.M. PRISON, READING (enero-marzo 1987)

Querido Bosie (Alfred Douglas): Aquí encerrado entre cuatro paredes, sin poder percibir ni el día ni la noche, y así durante dos años interminables, quiero expresarte en esta carta todo mi dolor, angustia y remordimientos. Todo lo que he sentido y todavía siento. No te culpo de nada, mas mía culpa es, por haberlo permitido. Por haberme dejado engañar. Pero pretendo, querido Bosie, que sepas cómo es mi existencia aquí, completamente solo y aislado, ya que tú nunca en el tiempo que he permanecido aquí te has dignado dar la cara ni has tenido la osadía de venir a verme, ni de escribirme, ¿es que ya no existo para ti?

Empezaré a contarte que en esta misiva con sus innumerables hojas no he podido desahogarme en una sola vez, sino en dos meses, puesto que el señor carcelero sólo me daba una hoja cada día, así como mi manutención, consistente en tan solo un trozo de pan y un cuenco lleno de algo viscoso. ¿Te acuerdas de las comidas lujosas que tú imponías arrastrándome a mí en nuestros mejores días?

Pero no voy a reprocharte nada, tan sólo quiero recordar, aquí en mi habitación oscura, que

“El sufrimiento es permanente, oscuro, y oscuro, y tiene la naturaleza del infinito”.

MAR CUETO ALLER


La fantástica Lai-Chi


Lai-Chi no era la más bella de las princesas de su reino. Tampoco era quien mejor danzaba. Ni cantaba más armoniosamente que sus compañeras. Pero tenía una cualidad que la hacía imprescindible en todas las fiestas y reuniones. Su imaginación era tan portentosa que siempre cautivaba con sus relatos. Quizás no fuesen tan bellos como las leyendas escritas. Aunque ella ponía tanta emoción que resultaban mucho más interesantes. Y casi todos los que la escuchaban se creían que cuanto decía era cierto por muy absurdo que fuese.

En las cocinas de palacio disfrutaban tanto al escucharla que solían prepararle los más exquisitos pasteles de arroz y cerezas para que merendase con ellos y les contase historias. Ella les solía relatar la del Jarrón enamorado de la tetera. Que era la favorita de las aprendices. O la del cocinero sabio que preparaba una sopa de letras que volvía inteligentes a cuantos la comían. Siempre le mandaban que las volviese a contar, en sucesivas reuniones, y ella invariablemente añadía o cambiaba muchos datos. Unas veces, porque no se acordaba de todos los detalles. Y otras, para hacerlas más entretenidas.

A las tejedoras y modistas también les encantaban sus cuentos. Por ese motivo le reservaban los tejidos de seda más lindos y suaves. Y siempre le estaban confeccionando los más bellos kimonos inspirados en sus palabras. Para compensarlas, les contaba la historia de la reina de las mariposas que fue destronada por presuntuosa. O la de la capa de la verdad, que impedía mentir a todos los que la vestían o la contemplaban.

JOSÉ MANUEL SANTOMÉ BÁZQUEZ


TIEMPOS DE VALS


Cuando éramos muchachos tú yo y el mundo que nos envolvía pensábamos como tales. Alcanzábamos las más altas metas tan sólo con unir nuestras manos. Al igual que el príncipe feliz de Oscar Wilde estábamos dispuestos a darlo todo. A desprendernos de nuestro ser. Golondrina, golondrina, golondrinita: sácame el corazón, que es tuyo. Me pesa mucho de tanto amor. No me sueltes la mano; ahora no; no la sueltes nunca, amor. Quiero vivir en estado permanente de gracia, inmaculado, sin mancha mortal. Por ti, por mí, por nosotros. Vivir como nuestra madre nos trajo al mundo. Con los puños cerrados, aferrándonos a nuestra inocencia y llorando por temor a que nos la arrebaten.
¡Calla, calla! no digas nada. Por Dios, amor, no me interrumpas ahora que he comenzado.
Lo sabíamos, siempre lo supimos, por eso no hacían falta palabras. Estaba escrito en nuestras estrellas. Los Dioses se complacían y por eso no las apagaron.
Pensábamos entonces que era una vocación eterna. Un bautizo sagrado que confería la inmortalidad del alma; indestructible.

MARÍA DEL CARMEN SALGADO ROMERA

EL PÁJARO EN EL MANZANO

Dedicado a Maribel




Lejos de la ciudad, de los palacios y de los trajes de gala había un pueblecito de campesinos, de personas sencillas que se reunían los domingos por la mañana en la pequeña iglesia con tejado de pizarra, y el resto de la semana trabajaban de sol a sol atendiendo los campos de maíz; cultivando las huertas donde sembraban patatas, berzas, ajos, tomates y cebollas; pastoreando las vacas y llevándolas al mercado; alimentando a los cerdos, conejos y gallinas en las cuadras de sus humildes casas, que estaban rodeadas de pequeños jardines con manzanos y perales donde, en el buen tiempo, las mujeres se sentaban a arreglar la ropa de sus hijos mayores para que pudieran utilizarla sus hermanos.

En una de estas casas, cerca del cruce de caminos, vivía un matrimonio de mediana edad con sus cuatro hijos: Susana, la pequeña, rubia como los ángeles; Alberto, de ocho años, moreno como su padre, de quien había heredado su carácter, su gran sentido del deber y una poderosa imaginación, y las presuntuosas gemelas que ayudaban a su madre e iban a la escuela con sus hermanos, pero no sacaban demasiado provecho de las enseñanzas del maestro y sí de los consejos que les daban sus amigas sobre como parecerse a las señoritas de la ciudad.
La vida transcurría apaciblemente en el pueblo y en aquel hogar, donde el amor reinaba por encima de las pequeñas disputas que surgían, de vez en cuando, a causa del carácter, a veces egoísta, de las hermanas mayores.

Una mañana de primavera el padre había marchado temprano al mercado de un pueblo lejano. Como no esperaban su regreso hasta la tarde, a mediodía dispusieron la mesa para comer los cinco. La olla humeante desprendía un delicioso olor y la madre sirvió en los platos de madera un riquísimo cocido, repartió generosas rebanadas de pan y llenó los vasos de espumosa leche. Mientras las mujeres hablaban y reían, Alberto comía en silencio observando fijamente algo situado al otro lado de la ventana. Ni siquiera parpadeó cuando Susana le tiró una bolita de pan.
Extrañada, se acercó para preguntarle qué le pasaba. Él le contó que sobre el manzano había un extraño pájaro, el mismo que había visto en sueños la noche anterior, sueños que olvidó nada más despertar. Pero, al verlo en el jardín, estaba empezando a recordar lo que entre trinos le había presagiado: que algo muy malo les iba a suceder durante ese día, algo que les traería un gran sufrimiento a todos.

COMIENZA EL HOMENAJE A OSCAR WILDE

Durante los meses de mayo y junio el grupo "Amigos Escritores" centrará sus textos en la vida y obra de este polifacético escritor. Les animamos a participar con sus escritos y comentarios.

EL HOMENAJE A CARMEN MARTÍN GAITE HA CONCLUÍDO

Hemos recopilado catorce textos que abarcan desde sus pensamientos hasta relatos o poemas inspirados en su biografía, su obra o la época que le tocó ¿transmutar? 

Su visión nos ha servido para denunciar algunos de los problemas que aún sufre nuestra sociedad: la miseria, el maltrato, la soledad, la marginación...

Agradecemos a Carmen Martín Gaite todo lo que nos ha aportado y damos la bienvenida a un escritor: Oscar Wilde, a quien rendiremos homenaje entre los meses de mayo y junio.

Quedan invitados a participar con nosotros.

Un cordial saludo.

JOSÉ CUETO

UNA PEQUEÑA HISTORIA

Era un niño pequeño de pelo rubio y ojos almendrados con su sombrerito jipijapa. Se lo había comprado la tía Francis en un viaje enrevesado por el centro y sur de América. Ella y su marido, el tío John, recorrieron, en un último intento de recobrar su desgastada relación, desde el canal de Panamá hasta Buenos Aires en un tour carísimo que había pagado la empresa de tío John. Con todo ello y desdeñando los esfuerzos de su incansable marido, tía Francis había terminado con él en algún sitio por Brasil y le había dejado con ese pequeño obsequio para el niño. Tía Francis, aunque no lo reconociera, amaba al chico más de lo que nunca había amado a su marido, a sus padres, a sus hermanos, incluso a su hermana y compañera de múltiples “batallas”. Ningún regalo o noticia más llegó a la familia de la tía Francis.

Tío John se encontraba en el porche, copa en mano y con una cara triste y dura. El niño le miró unos instantes tratando de desentrañar aquel mal de amores con una sola mirada. Como si con sus pequeñas manitas pudiese abrir las puertas a su alma y sacar ese dolor lacerante que acababa con las fuerzas de tío John, tocó sus mejillas, cubiertas de aquella horrible barba de tres días, y le arrancó la mayor de las sonrisas. Un manotazo en la jipijapa puso al niño en sus brazos.


Con el niño apoyado contra su corazón sintió como aliviaba el dolor de la marcha de tía Francis. Ese sentimiento, el amor y el cariño hacia ese niño erradicaron todo el mal de su corazón… “Quién pudiera tener algo así cada vez que te sientes mal…”


Sus ojos volvieron a los de aquel niño que destilaba cariño y comprensión. ¿Pero qué comprensión podía tener un niño de siete años que no tiene ni la más remota idea de lo que le pasaba?


Se sobresaltó al primer disparo. El hombrecito se escapó de entre sus brazos y salió corriendo y saltando alegre en busca de su abuelo. Otro disparo. Atravesó el bosquecillo de al lado de la casa familiar tocando de eucalipto en eucalipto. Y cuando ya veía al abuelo con su escopeta apuntando para el tercer disparo, cayó.


-Pero chico, no dejas de caerte. – Su voz estaba algo cascada, pero era grave, melodiosa y arrullante. Algo que atraía fuertemente al pequeño.


-¡Abuelo! – Se levantó corriendo al oír su voz y pronto se plantó a su lado para ver el cuarto disparo.


Un plato voló sobre el campo y el disparo sonó aún más estruendoso que desde la casa, pero al niño no le molestaba. El plato cayó en una pieza.


-¿Qué quieres, Ricky?

MATILDE RAMIREZ ARANDA

Carmen Martín Gaite. (8/12/1925 – 22/07/2000)



"Nunca habría existido invención literaria alguna si los hombres, saciados totalmente en su sed de comunicación, no hubieran llegado a conocer, con la soledad, el acuciante deseo de romperla” ( Carmen Martín Gaite)

Tuve que indagar sobre el personaje para llegar a la persona, e indagar sobre la persona para llegar a la escritora. Y después de leer sobre su vida y obra y recordar que muchos años atrás había leído algo de ella (Nubosidad Variable), quedé atónita admirando cuánto sabia ella de mí y yo de ella, sin saberlo.


Cuántas veces he desnudado mi alma ante una hoja en blanco descomponiendo los rastros de mi esencia en una escrupulosa y metódica autopsia que pudiera explicarme mi propia realidad, con la honestidad que da el saber que jamás nadie leería mis más íntimos sentimientos, limpia y armónicamente dispuestos sobre la hoja.


Cuántas veces me ha quitado el aire esa invisible faja de ballenas que constituye una sociedad patriarcal bien educada, una impronta infantil digerida poco a poco con las meriendas de pan con chocolate. Y sólo la fresca brisa de una hoja en blanco ante mí ha conseguido llenar mis pulmones.

Cuántas veces al amparo del anonimato ponemos nuestros sentimientos en boca de nuestros personajes sabiendo que nuestros lectores pueden intuir, pero nunca sabrán, qué es ficción y qué es jirón del alma.

Emocionada por mi descubrimiento, quise saber más de ti e indagué en “El cuarto de atrás”. Ése que guarda los recuerdos enredados con las hebras de colores que se desenrollan de los carretes en la caja de los hilos, y se mezclan con los sueños, las frustraciones, las ambiciones, los fracasos y los logros justo allí, en la leve línea que separa el sueño de la vigilia, la realidad de la ficción, al lado de los libros leídos o por leer, escritos o por escribir.


Y al final, ¡cómo te envidio! 40 años de escribir públicamente, de hacer lo que querías. De ser reconocida, de verte premiada. De vivir de lo que te gustaba. Pagaste el precio de la soledad, que al fin y al cabo debió de parecerte casi nada. Y que, si puedes ver desde allí como va esto, es cada vez más generalizada. Y que, cuando hay más gente en el mismo sitio, yo la llamo “Soledad vigilada”.

Mª IGNACIA CASO DE LOS COBOS GALÁN

LA SEÑORA DEL SOMBRERITO



A pesar de su humilde presencia, era una gran señora.
Cada día, cuando pasaba por la esquina donde estaba ubicada, conversaba con ella desde mi interior.

Me contó que había sido una gran actriz, su nombre María Petrovka, conocida principalmente por la obra “UNA DAMA TRISTEMENTE ARRUINADA”, que se había representado durante años en el Teatro Real de la capital del país, y también había recorrido otras ciudades importantes, con el mismo éxito.


Por eso habían erigido la estatua, donde se la veía con una edad avanzada, vestidos pobres pero dignos, con capelina, sombrerito y un monedero vacío entre sus manos, que ella contemplaba con desolación.


Un día deposité en el monedero unas pocas monedas, para ver si cundía el ejemplo y, cuando volviera, estuviera lleno. Ella levantó su vista hacia mí, con una mirada triste pero agradecida.


Al atardecer, cuando volví a pasar por la misma esquina, observé que no estaban mis monedas. Le pregunté si las había gastado, o algún desaprensivo acaso las había robado. No me contestó, pero pude ver cómo una lágrima resbalaba por su mejilla.


Así fueron pasando los días que permanecí en aquella ciudad. Siempre, al pasar por el mismo lugar, nos mirábamos y, en ocasiones, hablábamos del Teatro y también sobre la Música Sinfónica, que las dos adoramos, porque alimenta el espíritu.


Pero llegó el día en que tenía que regresar a mi patria. No le dije nada, sólo nos miramos intensamente y creo que comprendió, como yo, que a partir de ese momento únicamente nos veríamos en el recuerdo.


Oviedo, 15 de Abril de 2010.


Mª IGNACIA CASO DE LOS COBOS GALÁN.

ANA DOMINGO MARTINEZ


¡Ring, ring, ring! Mis ojos pesan mucho. ¡Ring, ring, ring! Estoy soñando o es que llaman por teléfono. Me incorporo a un lado abrazando a la almohada suave y esponjosa. ¡Ring, ring, ring! Me vuelvo para el otro lado rozando a mi amado Tomás, que con su mano toca mi vientre, voluminoso, acogiendo a nuestro futuro bebe de cuatro meses. ¡Ring, ring, ring! De repente lo oigo bien, estoy despierta y si, están llamando por teléfono, ¿Quién demonios será a estas horas?


¡Águeda, su madre está agonizando en el hospital, por favor venga, quiere hablarle!

En mi vida me había quedado tan bloqueada y vistiéndome poco a poco, mientras por mi cabeza no paraba de proyectarse, muy rápidamente, toda mi vida como si de un tiovivo loco fuese, todo relacionado con mi madre.

Con una mano en el volante y con la otra mano fumando sin parar un cigarro electrónico de esos que han sacado ahora para dejar de fumar, mis nervios afloraban y otra vez me surgía esos pensamientos que siempre los había querido borrar.

Nunca nos hemos llevado bien, siempre me criticaba, nunca estaba de acuerdo conmigo en nada, siempre contestando, haz esto y no aquello, esto no es así, rechazándome en todo, imponiendo lo que ella quería. Había conseguido crear en mi, mucha inseguridad para tomar decisiones, siempre andaba mintiendo, para protegerme del exterior y del daño que pudiesen hacerme. Así había sido mi vida durante treinta y cinco años. Una persona desvalida, carente de cariño, ocasionó una juventud alocada, desordenada, no miraba a nadie ni por nadie salvo a mi misma. Hasta que conocí a mi Tomás en mi último, fijo y afortunado trabajo como archivera. Él era uno de los arquitectos que aparecía siempre por ahí. Con él encontré mi paz, mi sosiego, mi seguridad. Me cambió totalmente, para convertirme en una mujer madura hecha y derecha. Por fin, me había encontrado a mi misma. Crecí espiritual y emocionalmente. Aprendí a amar verdaderamente, sin egoísmo, con espontaneidad, sin remordimientos y sobre todo, a respetarme a mi misma y a los demás.

Eso, todo eso, mi madre nunca me lo inculcó. Aún guardo en mi corazón, como una espinita clavada, la última discusión entre ella y yo y en la que cerré por última vez la puerta para no volver nunca más. Llorando desconsoladamente y odiándola a muerte.

Y a muerte se estaba debatiendo ahora y quería hablarme y no sabía de que…. ¡Qué quiere decirme ahora! Seguro que, por última vez me humillará como siempre y no lo podré soportar. Debiera de dar media vuelta y olvidarme de todo. Acurrucarme en mi camita con Tomás.

No eso no, nunca me perdonaría. Sentía curiosidad. Y ahora mas, que iba a ser madre dentro de cinco meses. Al fin y al cabo, una madre es una madre y quizá ahora la comprendiese.

Llego al hospital, pasillos largos, anchos y fríos, me parece una eternidad. Hasta que encuentro por fin, la ansiada habitación.

Abro la puerta y ahí está mi madre en la cama, tan blanca como las sábanas mismas y de repente, abre sus ojos azules, me mira y afloran lágrimas. Estoy inmóvil, desconcertada, no sé que hacer. Era la primera vez que la veía llorar.

Me extiende su mano y entonces me acerco a ella, la miro, no veo bien, las lágrimas salen, le cojo su mano, cálida y suave. Con fuerza me aprieta la mano, me mira y en su boca, en su última bocanada de aire, susurra:

- Hija perdóname. Se tú misma.



MARÍA SUÁREZ LÓPEZ





Una de las últimas fotos de Carmen Martín Gaite en la feria del libro de Madrid del año 2000



Pensamientos de Carmen Martín Gaite



"La libertad es para soñarla."

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"Si algo he aprendido en la vida es a no perder el tiempo intentando cambiar el modo de ser del prójimo."

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"La soledad se admira y desea cuando no se sufre, pero la necesidad humana de compartir cosas es evidente."

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"No te escudes en la edad, que es así como se envejece. La juventud es un estado de ánimo."

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"El hombre es una multitud solitaria de gente, que busca la presencia física de los demás para imaginarse que todos estamos juntos."

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"El testimonio de las mujeres es ver lo de fuera desde dentro. Si hay una característica que pueda diferenciar el discurso de la mujer, es ese encuadre."

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"No hay nada que se pueda comparar a la palabra y a la comunicación. No hay nada comparable a poder hablar a la persona adecuada en el momento adecuado en el que la persona a quien se habla tiene ganas de escuchar, y la persona que habla desea hablar."

• • • • •



María Suárez López


Mª LUZ FERNÁNDEZ LLAMES

No hay mayor homenaje a un escritor que leer sus libros.


Leerlos e incorporarlos a nuestro viaje.


Donde quiera que esté Carmen Martín Gaite puede estar tranquila.


Ella diría, “estoy tan ricamente”.


No se le escapará cuánto y cómo se recuerdan sus historias, sus personajes.


Pienso en Carmen y veo sus gorras, su pelo rebelde, unas cejas rotundas, los rasgos endurecidos y unos ojos que veían más allá.


Tanto camino recorrido.

ANA ALONSO CABRERA

_ ¿Pero qué tontería se le ha metido a la niña en la cabeza? ¿Qué se piensa ella que somos? ¿Ricos? ¡Bastante es ya pagarle la matrícula, los libros y toda esa historia! ¡Como si el dinero saliera de los árboles!



Eusebio está indignado. Se le nota en la cara, una cara arrugada y oscurecida por el trabajo en la fundición. Mientras, se lava las manos y los brazos para sentarse a la mesa a comer, una comida calórica, un potaje de alubias con chorizo y morcilla, cocinada lentamente en la cocina de carbón durante toda la mañana.


_Además… ¡que es la hija de un obrero! ¿De qué se va a pensar ella que va a estudiar Derecho? ¡Que se deje de bobadas y se centre en lo de ella, en lo que tiene que hacer! ¡Picapleitos! ¡Lo que faltaba…!


Eusebio me mira. De reojo. Secándose y sentándose a la mesa mientras se echa un vaso de vino, espera mi reacción.


Yo ya le conozco. He aprendido bien que no merece la pena contrariarle cuando está tan ofuscado, y mucho menos a la hora de comer, así que le sirvo el plato de alubias en silencio.


Cortando una gorda rebanada de pan sólo digo: Ya. Un tono de voz entre neutro, resignado y conciliador.


Eusebio se termina la comida. Come en silencio con mucho apetito y me lanza miradas fugaces mientras yo me afano en el fregadero. Se levanta de la mesa y se acerca a mí por detrás, rodeando mi cintura y abrazándome, me besa en la mejilla. Es una manera de decir que no está en pie de guerra, que no es su palabra de punto final, que espera saber mi opinión… bien lo sé yo. Tantos años a su lado, he aprendido a interpretar sus gestos y a actuar según su estado de ánimo. La crianza de 5 hijas me ha convertido en una maestra de la negociación. Y ahora toca negociar lo de Lucía. Que quiere seguir estudiando, Derecho, ¡nada menos! ¿Y si la niña tiene cabeza para estudiar? Sería la primera licenciada de la familia. ¡Qué orgullo! ¡Cuánta satisfacción! Pero yo sé que Eusebio ve esto demasiado moderno. No es tanto el dinero, aunque es verdad que sale muy caro, él puede hacer extras en la fábrica y yo puedo coser algo más y sacar un dinero… Yo lo tengo claro, si podemos deberíamos ayudar a Lucía…. Pero Eusebio… Hace tiempo que quiere cerrar la boda de la niña con Cristiano. Es un buen muchacho, compañero de trabajo, obediente, trabajador, honrado y quiere a Lucía con toda su alma. Se le ve tan enamorado…. Y la verdad, no tiene nada de malo casarse, tener hijos, formar una familia… yo misma estoy feliz y me siento orgullosa de mis hijas. Irene ya me ha dado un nieto y Laura está a punto de dar a luz. Las dos acabaron sus estudios y les faltó tiempo para casarse con sus novios y formar un hogar, y eso es lo que se supone que deben hacer las cinco. Eusebio es un buen hombre, un buen marido y buen padre… pero sé yo bien que lo de Lucía no le hace gracia. Él quiere que siga el camino de sus hermanas mayores, un camino muy claro y previsto, así que, alterar el plan, este plan no escrito para las mujeres, sé yo que a Eusebio no le hace ninguna gracia.

CARMEN SALGADO ROMERA

ÉL



- ¡Pareces boba! ¿Es que nunca te das cuenta de nada?

Yo le miro y pienso que tiene razón. Tengo que fijarme más y poner el asa del tazón hacia su derecha, para que él no tenga que darle la vuelta al cogerlo para beber.
Casi nunca me doy cuenta. No es disculpa, no puede serlo, el que los niños me hablen a la vez. Por eso yo desayuno de pie, para estar más pendiente de todo. Luego me visto y me peino deprisa, para llevar a los niños a la parada del autobús. No sé cómo me queda el pelo por detrás. No me da tiempo a mirarme.
Cuando salgo con los niños a la calle quieren soltarse de mis manos, pero yo no les dejo. No puedo dejarles, porque hay que cruzar, que la parada del autobús queda enfrente. A la vuelta, lo que queda enfrente es mi casa, vacía y desordenada.
Todos los días subo despacio los cuatro pisos con la compra. Me duele la espalda. Cuando llego, me quito los zapatos y me pongo el delantal, pero todavía le sigo oyendo.
Sí. Parezco boba. Menos mal que le tengo a él.
Me cuesta cada día más hacer la litera, porque me duele la espalda, pero he visto unos edredones que sirven de sábana y de manta. Le voy a decir que si podemos comprar dos, uno para cada niño.
Ya sé que no tenemos dinero. Él siempre dice que no tenemos dinero, pero podríamos irlo juntando poco a poco y comprar los edredones. Yo no quiero que me pegue, como el día que compré la lámpara de nuestra habitación. Había estado ahorrando para darle una sorpresa.
Ya sé que él me quiere, que sólo estaba borracho, pero aquello me dolió. No me dolió sólo porque me daba vergüenza ir por la calle con la cara hinchada. También me dolió porque era la primera vez que me pegaba. Después ya me acostumbré. Sólo tengo que encogerme y taparme la cara con los brazos. Los niños también saben ponerse así. A ellos, además, les da patadas.
Le he dicho que no debe pegar a los niños, pero él dice que no les pega. No debe de darse cuenta. Sé que nos quiere, sólo nos pega cuando bebe. Y tenemos suerte de tenerle. ¡Qué sería de nosotros sin él!
Siempre nos ha dado dinero para comer y recuerdo cuando le dije que yo también podría trabajar, antes de tener a los niños, me dijo que no, que yo era su princesa y que las princesas no trabajan, que para eso están los hombres, para cuidar de sus mujeres.
Por eso me enfadé con mi madre. Me enfadé porque me dijo que él solo me quería para tener la comida hecha y la cama caliente.
No es verdad. Además, desde que tuve al pequeño, él casi no me toca. Yo a veces le acaricio, pero él se aparta de mí. Eso es porque ya no soy joven.
Sé que estoy envejeciendo porque cada día tengo menos memoria. El otro día me senté en la cama porque no sabía qué tenía que hacer. Me dolía mucho la cabeza, pero no era porque él me había gritado y había dicho que un día nos iba a matar. Eso ya lo ha dicho muchas veces. No. Me dolía la cabeza porque desde que me pegó en la cara me duele, a veces mucho.
Yo sé que no nos va a matar porque nos quiere, pero cuando bebe se pone así.
A mí me da un poco de miedo, porque se le pone la cara roja, abre mucho los ojos y es como si no fuera él. Los niños se asustan pero yo les digo que no tengan miedo, que su padre es bueno, pero ellos no lo quieren entender.
El otro día, Andrés me dijo que cuando fuera mayor me iba a defender y que si papá le pegaba otra vez se iba a marchar con su hermano y que cuando tuvieran una casa buena, volvería a por mí.
A él le gustaría no tener que esconderse de su padre y sé que le da vergüenza ir al colegio con moratones. La maestra no le cree cuando dice que se cae de la bicicleta y por eso me mandó una nota para que fuera a hablar con ella, pero no voy a ir, porque no quiero explicarle que mi marido a veces nos pega. Ella no lo entendería. También vino un día el cura a casa a preguntarme.
Al cura se lo conté y me dijo que yo era una buena mujer y que debía querer y obedecer a mi marido, pero que no estaba bien que nos pegara y que nos diera voces. Yo le expliqué que no era él quien lo hacía, sino el demonio que se le mete dentro cuando bebe, y que yo le quiero a él, pero su demonio le hace daño y que tengo que seguir a su lado para protegerle.
El cura me dijo que a mis hijos el vivir así les hace mal, que podría conseguir que cuidaran a los niños en un centro y yo le dije que mi marido sin ellos no podría vivir, porque les quiere.
El cura se marchó y no me ha vuelto a preguntar nada. Los vecinos tampoco, ni los de arriba ni los de abajo, que dan golpes cuando él da voces. Sólo me habla la vecina de enfrente. A veces viene a verme. Yo sólo le abro la puerta cuando no me duele la cabeza. Ella me cuenta cosas.
Un día me preguntó qué me pasaba, porque me veía triste y yo le dije que sí, que estaba triste porque sabía que yo no valía para nada. Ella me dijo: "Cuando estés triste, mírate al espejo y sonríe, verás como luego te sientes mejor".
Yo no puedo sonreírle a un espejo, pero ya no estoy triste porque también me dijo que sí que valía, que era la mejor mujer que mis hijos y mi marido podían tener y que los malos momentos siempre acaban pasando, si se reza mucho.



Carmen Salgado Romera (Mara)