_ ¿Pero qué tontería se le ha metido a la niña en la cabeza? ¿Qué se piensa ella que somos? ¿Ricos? ¡Bastante es ya pagarle la matrícula, los libros y toda esa historia! ¡Como si el dinero saliera de los árboles!
Eusebio está indignado. Se le nota en la cara, una cara arrugada y oscurecida por el trabajo en la fundición. Mientras, se lava las manos y los brazos para sentarse a la mesa a comer, una comida calórica, un potaje de alubias con chorizo y morcilla, cocinada lentamente en la cocina de carbón durante toda la mañana.
_Además… ¡que es la hija de un obrero! ¿De qué se va a pensar ella que va a estudiar Derecho? ¡Que se deje de bobadas y se centre en lo de ella, en lo que tiene que hacer! ¡Picapleitos! ¡Lo que faltaba…!
Eusebio me mira. De reojo. Secándose y sentándose a la mesa mientras se echa un vaso de vino, espera mi reacción.
Yo ya le conozco. He aprendido bien que no merece la pena contrariarle cuando está tan ofuscado, y mucho menos a la hora de comer, así que le sirvo el plato de alubias en silencio.
Cortando una gorda rebanada de pan sólo digo: Ya. Un tono de voz entre neutro, resignado y conciliador.
Eusebio se termina la comida. Come en silencio con mucho apetito y me lanza miradas fugaces mientras yo me afano en el fregadero. Se levanta de la mesa y se acerca a mí por detrás, rodeando mi cintura y abrazándome, me besa en la mejilla. Es una manera de decir que no está en pie de guerra, que no es su palabra de punto final, que espera saber mi opinión… bien lo sé yo. Tantos años a su lado, he aprendido a interpretar sus gestos y a actuar según su estado de ánimo. La crianza de 5 hijas me ha convertido en una maestra de la negociación. Y ahora toca negociar lo de Lucía. Que quiere seguir estudiando, Derecho, ¡nada menos! ¿Y si la niña tiene cabeza para estudiar? Sería la primera licenciada de la familia. ¡Qué orgullo! ¡Cuánta satisfacción! Pero yo sé que Eusebio ve esto demasiado moderno. No es tanto el dinero, aunque es verdad que sale muy caro, él puede hacer extras en la fábrica y yo puedo coser algo más y sacar un dinero… Yo lo tengo claro, si podemos deberíamos ayudar a Lucía…. Pero Eusebio… Hace tiempo que quiere cerrar la boda de la niña con Cristiano. Es un buen muchacho, compañero de trabajo, obediente, trabajador, honrado y quiere a Lucía con toda su alma. Se le ve tan enamorado…. Y la verdad, no tiene nada de malo casarse, tener hijos, formar una familia… yo misma estoy feliz y me siento orgullosa de mis hijas. Irene ya me ha dado un nieto y Laura está a punto de dar a luz. Las dos acabaron sus estudios y les faltó tiempo para casarse con sus novios y formar un hogar, y eso es lo que se supone que deben hacer las cinco. Eusebio es un buen hombre, un buen marido y buen padre… pero sé yo bien que lo de Lucía no le hace gracia. Él quiere que siga el camino de sus hermanas mayores, un camino muy claro y previsto, así que, alterar el plan, este plan no escrito para las mujeres, sé yo que a Eusebio no le hace ninguna gracia.
CARMEN SALGADO ROMERA
ÉL
- ¡Pareces boba! ¿Es que nunca te das cuenta de nada?
Yo le miro y pienso que tiene razón. Tengo que fijarme más y poner el asa del tazón hacia su derecha, para que él no tenga que darle la vuelta al cogerlo para beber.
Casi nunca me doy cuenta. No es disculpa, no puede serlo, el que los niños me hablen a la vez. Por eso yo desayuno de pie, para estar más pendiente de todo. Luego me visto y me peino deprisa, para llevar a los niños a la parada del autobús. No sé cómo me queda el pelo por detrás. No me da tiempo a mirarme.
Cuando salgo con los niños a la calle quieren soltarse de mis manos, pero yo no les dejo. No puedo dejarles, porque hay que cruzar, que la parada del autobús queda enfrente. A la vuelta, lo que queda enfrente es mi casa, vacía y desordenada.
Todos los días subo despacio los cuatro pisos con la compra. Me duele la espalda. Cuando llego, me quito los zapatos y me pongo el delantal, pero todavía le sigo oyendo.
Sí. Parezco boba. Menos mal que le tengo a él.
Me cuesta cada día más hacer la litera, porque me duele la espalda, pero he visto unos edredones que sirven de sábana y de manta. Le voy a decir que si podemos comprar dos, uno para cada niño.
Ya sé que no tenemos dinero. Él siempre dice que no tenemos dinero, pero podríamos irlo juntando poco a poco y comprar los edredones. Yo no quiero que me pegue, como el día que compré la lámpara de nuestra habitación. Había estado ahorrando para darle una sorpresa.
Ya sé que él me quiere, que sólo estaba borracho, pero aquello me dolió. No me dolió sólo porque me daba vergüenza ir por la calle con la cara hinchada. También me dolió porque era la primera vez que me pegaba. Después ya me acostumbré. Sólo tengo que encogerme y taparme la cara con los brazos. Los niños también saben ponerse así. A ellos, además, les da patadas.
Le he dicho que no debe pegar a los niños, pero él dice que no les pega. No debe de darse cuenta. Sé que nos quiere, sólo nos pega cuando bebe. Y tenemos suerte de tenerle. ¡Qué sería de nosotros sin él!
Siempre nos ha dado dinero para comer y recuerdo cuando le dije que yo también podría trabajar, antes de tener a los niños, me dijo que no, que yo era su princesa y que las princesas no trabajan, que para eso están los hombres, para cuidar de sus mujeres.
Por eso me enfadé con mi madre. Me enfadé porque me dijo que él solo me quería para tener la comida hecha y la cama caliente.
No es verdad. Además, desde que tuve al pequeño, él casi no me toca. Yo a veces le acaricio, pero él se aparta de mí. Eso es porque ya no soy joven.
Sé que estoy envejeciendo porque cada día tengo menos memoria. El otro día me senté en la cama porque no sabía qué tenía que hacer. Me dolía mucho la cabeza, pero no era porque él me había gritado y había dicho que un día nos iba a matar. Eso ya lo ha dicho muchas veces. No. Me dolía la cabeza porque desde que me pegó en la cara me duele, a veces mucho.
Yo sé que no nos va a matar porque nos quiere, pero cuando bebe se pone así.
A mí me da un poco de miedo, porque se le pone la cara roja, abre mucho los ojos y es como si no fuera él. Los niños se asustan pero yo les digo que no tengan miedo, que su padre es bueno, pero ellos no lo quieren entender.
El otro día, Andrés me dijo que cuando fuera mayor me iba a defender y que si papá le pegaba otra vez se iba a marchar con su hermano y que cuando tuvieran una casa buena, volvería a por mí.
A él le gustaría no tener que esconderse de su padre y sé que le da vergüenza ir al colegio con moratones. La maestra no le cree cuando dice que se cae de la bicicleta y por eso me mandó una nota para que fuera a hablar con ella, pero no voy a ir, porque no quiero explicarle que mi marido a veces nos pega. Ella no lo entendería. También vino un día el cura a casa a preguntarme.
Al cura se lo conté y me dijo que yo era una buena mujer y que debía querer y obedecer a mi marido, pero que no estaba bien que nos pegara y que nos diera voces. Yo le expliqué que no era él quien lo hacía, sino el demonio que se le mete dentro cuando bebe, y que yo le quiero a él, pero su demonio le hace daño y que tengo que seguir a su lado para protegerle.
El cura me dijo que a mis hijos el vivir así les hace mal, que podría conseguir que cuidaran a los niños en un centro y yo le dije que mi marido sin ellos no podría vivir, porque les quiere.
El cura se marchó y no me ha vuelto a preguntar nada. Los vecinos tampoco, ni los de arriba ni los de abajo, que dan golpes cuando él da voces. Sólo me habla la vecina de enfrente. A veces viene a verme. Yo sólo le abro la puerta cuando no me duele la cabeza. Ella me cuenta cosas.
Un día me preguntó qué me pasaba, porque me veía triste y yo le dije que sí, que estaba triste porque sabía que yo no valía para nada. Ella me dijo: "Cuando estés triste, mírate al espejo y sonríe, verás como luego te sientes mejor".
Yo no puedo sonreírle a un espejo, pero ya no estoy triste porque también me dijo que sí que valía, que era la mejor mujer que mis hijos y mi marido podían tener y que los malos momentos siempre acaban pasando, si se reza mucho.
Carmen Salgado Romera (Mara)
- ¡Pareces boba! ¿Es que nunca te das cuenta de nada?
Yo le miro y pienso que tiene razón. Tengo que fijarme más y poner el asa del tazón hacia su derecha, para que él no tenga que darle la vuelta al cogerlo para beber.
Casi nunca me doy cuenta. No es disculpa, no puede serlo, el que los niños me hablen a la vez. Por eso yo desayuno de pie, para estar más pendiente de todo. Luego me visto y me peino deprisa, para llevar a los niños a la parada del autobús. No sé cómo me queda el pelo por detrás. No me da tiempo a mirarme.
Cuando salgo con los niños a la calle quieren soltarse de mis manos, pero yo no les dejo. No puedo dejarles, porque hay que cruzar, que la parada del autobús queda enfrente. A la vuelta, lo que queda enfrente es mi casa, vacía y desordenada.
Todos los días subo despacio los cuatro pisos con la compra. Me duele la espalda. Cuando llego, me quito los zapatos y me pongo el delantal, pero todavía le sigo oyendo.
Sí. Parezco boba. Menos mal que le tengo a él.
Me cuesta cada día más hacer la litera, porque me duele la espalda, pero he visto unos edredones que sirven de sábana y de manta. Le voy a decir que si podemos comprar dos, uno para cada niño.
Ya sé que no tenemos dinero. Él siempre dice que no tenemos dinero, pero podríamos irlo juntando poco a poco y comprar los edredones. Yo no quiero que me pegue, como el día que compré la lámpara de nuestra habitación. Había estado ahorrando para darle una sorpresa.
Ya sé que él me quiere, que sólo estaba borracho, pero aquello me dolió. No me dolió sólo porque me daba vergüenza ir por la calle con la cara hinchada. También me dolió porque era la primera vez que me pegaba. Después ya me acostumbré. Sólo tengo que encogerme y taparme la cara con los brazos. Los niños también saben ponerse así. A ellos, además, les da patadas.
Le he dicho que no debe pegar a los niños, pero él dice que no les pega. No debe de darse cuenta. Sé que nos quiere, sólo nos pega cuando bebe. Y tenemos suerte de tenerle. ¡Qué sería de nosotros sin él!
Siempre nos ha dado dinero para comer y recuerdo cuando le dije que yo también podría trabajar, antes de tener a los niños, me dijo que no, que yo era su princesa y que las princesas no trabajan, que para eso están los hombres, para cuidar de sus mujeres.
Por eso me enfadé con mi madre. Me enfadé porque me dijo que él solo me quería para tener la comida hecha y la cama caliente.
No es verdad. Además, desde que tuve al pequeño, él casi no me toca. Yo a veces le acaricio, pero él se aparta de mí. Eso es porque ya no soy joven.
Sé que estoy envejeciendo porque cada día tengo menos memoria. El otro día me senté en la cama porque no sabía qué tenía que hacer. Me dolía mucho la cabeza, pero no era porque él me había gritado y había dicho que un día nos iba a matar. Eso ya lo ha dicho muchas veces. No. Me dolía la cabeza porque desde que me pegó en la cara me duele, a veces mucho.
Yo sé que no nos va a matar porque nos quiere, pero cuando bebe se pone así.
A mí me da un poco de miedo, porque se le pone la cara roja, abre mucho los ojos y es como si no fuera él. Los niños se asustan pero yo les digo que no tengan miedo, que su padre es bueno, pero ellos no lo quieren entender.
El otro día, Andrés me dijo que cuando fuera mayor me iba a defender y que si papá le pegaba otra vez se iba a marchar con su hermano y que cuando tuvieran una casa buena, volvería a por mí.
A él le gustaría no tener que esconderse de su padre y sé que le da vergüenza ir al colegio con moratones. La maestra no le cree cuando dice que se cae de la bicicleta y por eso me mandó una nota para que fuera a hablar con ella, pero no voy a ir, porque no quiero explicarle que mi marido a veces nos pega. Ella no lo entendería. También vino un día el cura a casa a preguntarme.
Al cura se lo conté y me dijo que yo era una buena mujer y que debía querer y obedecer a mi marido, pero que no estaba bien que nos pegara y que nos diera voces. Yo le expliqué que no era él quien lo hacía, sino el demonio que se le mete dentro cuando bebe, y que yo le quiero a él, pero su demonio le hace daño y que tengo que seguir a su lado para protegerle.
El cura me dijo que a mis hijos el vivir así les hace mal, que podría conseguir que cuidaran a los niños en un centro y yo le dije que mi marido sin ellos no podría vivir, porque les quiere.
El cura se marchó y no me ha vuelto a preguntar nada. Los vecinos tampoco, ni los de arriba ni los de abajo, que dan golpes cuando él da voces. Sólo me habla la vecina de enfrente. A veces viene a verme. Yo sólo le abro la puerta cuando no me duele la cabeza. Ella me cuenta cosas.
Un día me preguntó qué me pasaba, porque me veía triste y yo le dije que sí, que estaba triste porque sabía que yo no valía para nada. Ella me dijo: "Cuando estés triste, mírate al espejo y sonríe, verás como luego te sientes mejor".
Yo no puedo sonreírle a un espejo, pero ya no estoy triste porque también me dijo que sí que valía, que era la mejor mujer que mis hijos y mi marido podían tener y que los malos momentos siempre acaban pasando, si se reza mucho.
Carmen Salgado Romera (Mara)
Mª EVELIA SAN JUAN AGUADO
SEMANA LÁNGUIDA 68
Transcurría lánguida la semana sobre los carriles pulidos de la tradición. El Domingo de Ramos, traje y zapatos nuevos. Pasó bastante frío, la verdad, pero le apetecía estrenar. Ver procesiones con su hermana pequeña, la ocupación de los tres días siguientes.
A las nueve de la noche del miércoles, recibió la llamada de Sole.
-¿Qué hacemos mañana?
-¡Qué otra cosa sino ir a los oficios y a los monumentos! ¿Sabes algo de las demás?
-He hablado con Mari Carmen, Elena y Rosi. Nos parece que lo mejor será ir a las cinco a San Marcelo y luego hacer las siete visitas reglamentarias.
-Vale. Después veremos la procesión de La Cena. ¿Nos vemos en los oficios?
-Sí. Hasta mañana.
JESÚS SALGADO ROMERA
AÑO 1978. -CONFESIÓN-
Ayer me confesé, y aunque rompa mi norma de no hacerlo hasta la próxima semana, esto me reconcome de tal manera que el sábado volveré a hacerlo.
Qué curita tan nuevo, que no supo entenderme, continuamente quitando importancia a mis pecados, que si no son grandes pecados mejor, ¿o me voy a echar a perder ahora? y eso que acudo tres veces por semana a misa desde que hace tres años nos dejó mi Leandro, en gloria esté. Donde esté un cura como los de siempre, que se quiten estos modernos que no visten sotana, fuman tabaco rubio, alternan con mujeres y pretenden vivir, no en la casa parroquial, sino en la ciudad, en un piso, pues argumentan que deben atender varias parroquias. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Estoy por ir al Obispado y pedir que una parroquia como la nuestra mantenga un padre titular permanente, pues fue gracias a la aportación de las Damas Cristianas que se pudo reparar los vitrales de la capilla del crucero, y ¿quién hizo el nuevo manto de la Virgen con hilo de oro? Nosotras, que además cuidamos del ropero, que da gusto ver a nuestros pobres, piadosos, limpios, como Dios manda.
Sé que puedo llegar hasta el Obispo, pues conozco a Florita Ordóñez, viuda de Don Antonio Mercano Álvarez, antiguo Gobernador Civil, que tiene mucha mano, y es íntima de la madre del Secretario del señor Obispo, así que malo será que no me ponga un día el mundo por montera y ataviada con mis mejores galas de viuda, católica y cristiana, que es lo que soy, no le pida que llame al orden a estos curas de nueva hornada, que en vez de escuchar y dar la absolución, como es su obligación, se creen psicólogos.
¡Psicólogos! ¿Creerán que esto es América? ¡Qué sabrán ellos, si cuando han nacido ya no había misas en latín, el cura de espaldas, las mujeres guardando la decencia, todas con velo, sentadas en los primeros bancos de la iglesia!
Ésas sí que eran misas, inculcando el temor de Dios, que todo lo ve, los feligreses contestando al unísono las frases en latín, una letanía preciosa, y los sermones desde el púlpito, impresionantes, demoledores, que a más de uno he visto yo llorar, vete a saber qué habrían hecho, y sentir que salía una limpia, renovada, sintiendo la Divina Gracia dentro, sin pecado y que si moríamos en ese momento acudirían todos los ángeles celestiales con sus trompetas a recibirnos en el cielo.
Ayer me confesé, y aunque rompa mi norma de no hacerlo hasta la próxima semana, esto me reconcome de tal manera que el sábado volveré a hacerlo.
Qué curita tan nuevo, que no supo entenderme, continuamente quitando importancia a mis pecados, que si no son grandes pecados mejor, ¿o me voy a echar a perder ahora? y eso que acudo tres veces por semana a misa desde que hace tres años nos dejó mi Leandro, en gloria esté. Donde esté un cura como los de siempre, que se quiten estos modernos que no visten sotana, fuman tabaco rubio, alternan con mujeres y pretenden vivir, no en la casa parroquial, sino en la ciudad, en un piso, pues argumentan que deben atender varias parroquias. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Estoy por ir al Obispado y pedir que una parroquia como la nuestra mantenga un padre titular permanente, pues fue gracias a la aportación de las Damas Cristianas que se pudo reparar los vitrales de la capilla del crucero, y ¿quién hizo el nuevo manto de la Virgen con hilo de oro? Nosotras, que además cuidamos del ropero, que da gusto ver a nuestros pobres, piadosos, limpios, como Dios manda.
Sé que puedo llegar hasta el Obispo, pues conozco a Florita Ordóñez, viuda de Don Antonio Mercano Álvarez, antiguo Gobernador Civil, que tiene mucha mano, y es íntima de la madre del Secretario del señor Obispo, así que malo será que no me ponga un día el mundo por montera y ataviada con mis mejores galas de viuda, católica y cristiana, que es lo que soy, no le pida que llame al orden a estos curas de nueva hornada, que en vez de escuchar y dar la absolución, como es su obligación, se creen psicólogos.
¡Psicólogos! ¿Creerán que esto es América? ¡Qué sabrán ellos, si cuando han nacido ya no había misas en latín, el cura de espaldas, las mujeres guardando la decencia, todas con velo, sentadas en los primeros bancos de la iglesia!
Ésas sí que eran misas, inculcando el temor de Dios, que todo lo ve, los feligreses contestando al unísono las frases en latín, una letanía preciosa, y los sermones desde el púlpito, impresionantes, demoledores, que a más de uno he visto yo llorar, vete a saber qué habrían hecho, y sentir que salía una limpia, renovada, sintiendo la Divina Gracia dentro, sin pecado y que si moríamos en ese momento acudirían todos los ángeles celestiales con sus trompetas a recibirnos en el cielo.
LUIS PARREÑO GUTIÉRREZ
Diario apócrifo de Carmen M. Gaite.
Mojigata.
Es un término al que siempre tuve miedo. Puedo haber sido cualquier cosa menos mojigata. Ya me lo decía mi padre, que de curas y monjas sólo aprendería sumisión y miedos. Y tenía mucha razón.
De no haber sido por él, nunca hubiera ido al Instituto ni hubiera conocido a tanta gente interesante que ha influido en mí, en mi modo de ser, en mi manera de actuar, en este carácter independiente que, dicen, me hace un punto rebelde.
Ja. Rebelde yo, que he tenido que pasar cien veces por las horcas caudinas de tantas miradas de reprobación ante tantos detalles para mí insignificantes.
Si alguno de los que me ha reprobado pudiera siquiera imaginar cómo es esta ciudad en la que me encanta vivir, cómo visten sus mujeres, con qué naturalidad se pasean desenvueltas por las calles y con qué ligereza se tumban en la playa a tomar el sol, creo que pensaría que es cosa del diablo. Al fin y al cabo, Francia es para ellos el origen de todos los males que aquejan a la humanidad.
Aún recuerdo las miradas de pasmo de mis compañeros de Universidad, allá en la lejana Salamanca, la primera vez que me senté en clase. Lo recuerdo como si fuera ahora mismo. Y los comentarios mordaces.
MATÍAS ORTEGA CARMONA
Carmen Martin Gaite, una mujer que superó a su tiempo y se ganó un lugar sobresaliente en un mundo de hombres. En homenaje a su obra y a su ascendencia gallega he preparado este relato, un esbozo de la vida y circunstancias de otra gran mujer:
Consuelo, ejemplo de abnegación, tenacidad y sacrificio de su propia vida para hacer mejor la vida de todos los que ha tenido a su alrededor.
Surco y Marea
La vida de Consuelo está escrita con sudor y lagrimas. Las frases son surcos que trazó día tras día, agarrada a un arado, abriendo las entrañas de la tierra para sacar de ésta algo con lo que sobrevivir y mitigar el hambre de su familia.
Páginas escritas, con la humedad del mar calándole lo huesos, mientras mariscaba o arrancaba los mejillones pegados a las rocas. Frutos de la ría destinados a satisfacer la gula de quienes ignoran con cuánto sufrimiento llegan éstos hasta su mesa.
La subida de la marea marca el final de la jornada de marisqueo. Consuelo ha aprovechado hasta el último momento escarbando la arena en busca de las preciadas almejas. También ha ido recogiendo algunos erizos de mar que iba encontrando y deja para el final la recolección de mejillones en las rocas próximas a la playa, las cuales el mar poco a poco irá cubriendo.
Cada cosa en su sitio; los mejillones en un saco y los erizos y almejas en cubos. Mientras prepara su carga oye la voz de José, un pescador de la aldea que está amarrando su barca:
- ¿No es esa mucha carga para una mujer? ¿No sería bueno que un hombre te ayudase?
- ¡Vaya el demo contigo¡ Esta mujer es una barca para la que quizás no haya hombre con el suficiente timón para manejarla- contesta Consuelo.
La tarde declina mientras la mujer enfila la dura pendiente que sube desde la cala de Lourido hasta su casa. El saco en la cabeza y en cada mano un cubo. José, el pescador, la ve marchar y piensa que seguramente Consuelo tiene razón, ella es una hembra curtida por el esfuerzo y el sufrimiento, capaz de superar, si de trabajo se trata, a la mayoría de los hombres.
Sentado bajo la parra, presa del mal humor que le producen tanto los dolores, como el verse agarrado a una sonda que le acompañará hasta el final de sus días, Benito ve llegar a su hija. Parece no darse cuenta de la pesada carga que transporta, pero en realidad es que no quiere verla. Antes de que Consuelo tenga tiempo de dejar el saco y los cubos la increpa desairadamente:
- De dónde vienes perdida, aun no ordeñaste la vaca y ya vinieron a buscar la leche.
Consuelo mira a su padre, encendida pero temerosa. No es capaz de replicarle a aquel hombre al que durante su infancia y adolescencia sólo veía un par de meses al año. Benito, de profesión marino mercante, pasaba el resto del año embarcado y sus regresos al hogar los aprovechaba para ejercer de patriarca y dejar embarazada a su mujer. Hasta ocho hijos parió Pilar, los últimos tres estando ya enferma e imposibilitada. Sólo una prima, como mujer lo entendía mejor que nadie, fue capaz de frenar aquella barbarie enfrentándose a Benito.
Curioso personaje Benito. No se ajusta al perfil del clásico aldeano, le gusta leer y aunque su economía no le permite gastar en periódicos, lee los que le dan ya atrasados. Ha dado varias veces la vuelta al mundo a bordo de los barcos en los que trabajaba. Se recrea contando sus paseos por La Habana o Nueva York y se ufana de que tal o cual personaje distinguido o famoso lo habían querido saludar personalmente en alguno de esos viajes. Con estos datos cabría decir que es una persona medianamente culta y sin embargo ha tratado, siempre, a su familia como algo de su propiedad, sobre todo a su ya difunta mujer, de la que disponía para calmar sus necesidades de sexo sin importarle su deteriorada salud.
Viejo y enfermo, Benito, espera el fin de sus días. Aquel que otrora surcase los mares y océanos de todo el mundo, se ve condenado a pasar las horas en una silla, atado a una sonda a consecuencia de de un cáncer de próstata y otros problemas físicos. No dispone del dinero suficiente para operarse y su estado tampoco lo aconseja. Su mal genio es constante y de sus iras solamente escapa su pequeña nieta Lucía. Ésta y su hermana Margarita habían quedado huérfanas al morir su madre Rosa.
Consuelo ha terminado de ordeñar la vaca. El animal es una pieza importante en los escasos ingresos que entran en la casa. Aporta su fuerza para trabajar en el campo y su leche es vendida a excepción de una pequeña cantidad que se reserva para las niñas.
Aún no ha oscurecido del todo, los días son largos en Galicia, las pequeñas corretean enervando los ánimos de su abuelo y también los de su tía. Ésta las mira y les chilla para que se estén quietas. "Demo de hombres", piensa. En esta ocasión el recuerdo es para su cuñado Luis quien, poco antes de morir Rosa, marchó para hacer las Américas y nunca más supo de él. Al morir su hermana, Consuelo, se convirtió sin esperarlo en madre y padre de sus sobrinas. Se veía, aun joven, con una vida y unas obligaciones que no debían haber sido las suyas. Al ser la única de los hermanos, que estaba soltera tuvo que cuidar de su padre y ahora tiene que hacerlo también de las niñas.
Mientras quita la concha a los mejillones, previamente cocidos (así el peso es menor para llevarlos al mercado), Consuelo sigue repasando su relación con los hombres. Nunca tuvo suerte con ellos; sus hermanas se casaron y ella, con su madre enferma, tuvo que cuidar de sus hermanos varones más pequeños. A dos de ellos los vería morir, uno en un accidente y otro de tuberculosis. El otro varón fue reclutado, siendo casi un niño, para marchar a esa maldita guerra civil que llenó el país de luto y miseria. Acabadas sus obligaciones militares, Jesús -ese era su nombre-, se buscó novia y se casó. Trabajando desde muy niña en las labores de la casa, del campo o en la marea, ella acabó pensando que no era ni mujer ni hombre, era simplemente Consuelo.
Algunos pretendientes se acercaron a ella, pero su vigor, su fuerza y sobre todo el saber que aquélla no era una hembra fácil de domar los asustaba. No era una mujer fea, pero sí poco dada a cuidar su aspecto, cosa que mermaba su posible atractivo. Solamente una vez, uno de aquellos mozos, la hizo plantearse realmente la opción del matrimonio, pero esa posibilidad se esfumó cuando le puso como condición que abandonase a su padre y las niñas. Rechazó la oferta sin tener que pensarlo mucho. Aquel hombre había heredado unas posesiones en ultramar y buscaba una mujer fuerte, capaz de darle hijos y ayudarle a levantar su hacienda. Consuelo se vio a sí misma cargada de hijos trabajando tanto o más que lo hacía ahora y además teniendo que soportar a un hombre que querría ser su dueño.
Decidió, de alguna manera, enviudar antes de casarse. Sus sobrinas serían sus hijas y los hombres pues… ¡vaya el demo con ellos!
Matías Ortega Carmona
Abril de 2010
PEPA RUBIO BARDÓN
FIGURA EN LA VENTANA
De pie tras la ventana
acecho entre visillos
celajes oculares
telarañas sutiles
se encienden las farolas
y desgarran la noche
negras sombras que vagan
e ignoran su destino
la luna espejo hueco
en el que no hay azogue
los muros una cárcel
que comprime y ahoga
que entre la ventisca
y rompa los cristales
que purifique el aire
oxigenado y tibio
soltemos ataduras
salgamos a la calle
busquemos sin descanso
el grano en las gavillas
ventana luna espejo
brillos engañosos
apenas trampantojos
que incitan a la fuga
Pepa Rubio Bardón. 25—Marzo—2010.
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