EL HOMENAJE A OSCAR WILDE HA CONCLUÍDO
Hemos recopilado doce interesantes textos, entre relatos y poemas. Ha sido un gran placer para muchos el reencuentro con la obra de este autor, y para el resto descubrir a un escritor tan interesante.
Aquí quedan, para el deleite de nuestros Amigos Lectores, nuestros escritos.
Mª IGNACIA CASO DE LOS COBOS GALÁN
LA MARIPOSA AZUL
Mi nombre es Romualdo José y el pueblo donde yo vivo, mi pueblo, se llama Aristóbulo del Valle, en la provincia de Misiones, (Argentina). Se encuentra en las cercanías de la Selva de Iguazú, rodeado de montañas con bosques frondosos.
Cuando yo era chico me encontraba jugando con unos amigos a las canicas y a la peonza, que tirábamos fuerte para que roncara, cuando de pronto se posó sobre mi brazo una mariposa color azul, bonita y grande como nunca había visto. Le puse la palma de la mano y voló hacia ella y así pude contemplarla durante mucho tiempo. No quería que marchara, había venido a mí, era de mi propiedad; mas… ¡qué equivocado estaba! porque, pasado un tiempito, se fue hacia unas ramas y poco después la perdí de vista.
¡Qué desilusión sentí! Al llegar a casa se lo conté a mis padres y abuelos que me dijeron era un tipo de mariposa que habita en la selva. Aquello quedó rondando por mi cabeza y no paraba de pensar en hacer una excursión para volver a verla.
JOSÉ CUETO
El hombre sin retrato
Caminaba por la gran ciudad, abrigado del frío y de las miradas de la abarrotada calle. Una gorra le protegía de la incesante lluvia londinense y la parte inferior de su rostro y el cuello estaban cubiertos por una neck gaiter de color ceniza. Las manos en los bolsillos de su chaqueta le daban un aire despreocupado y juvenil. No solía salir de su casa, pero ya hacía demasiado tiempo desde la última vez. Su cuerpo le pedía pasear bajo las oscuras y esponjosas nubes del Londres matutino. Quería volver a ver las bellezas arquitectónicas que se erguían en la concurrida ciudad, enamorarse de nuevo de sus iglesias y sus torres, de sus palacios y del enorme y grandioso parlamento. La torre de San Esteban, conocida popularmente como el Big Ben, siempre había ejercido un poder extraño sobre él. Se paró a observarla desde el puente.
Sacó su blackberry del bolsillo de sus modernos tejanos medio ajustados, resultado de encomendar a su nuevo sirviente que le comprase algo de ropa para la ocasión. Marcó distraídamente los números y llamó a Clyde, su amigo desde la infancia. Uno de los pocos amigos, por no decir el único. En la sociedad que le rodeaba se llevaba el colegueo y el falso afecto, sobre todo cuando a uno le veían como un personaje rico y manipulable. Además, no soportaba que la gente siempre le recordase su problema, enfermedad, deformidad o como quisiesen llamarlo. Todo eufemismo molestaba de igual manera.
JESÚS SALGADO ROMERA
UN JARDÍN EN LA CAMPIÑA
Lady Ágata, con un cestillo de flores, entra en la biblioteca, donde su esposo reposa en una butaca, con los ojos cerrados y el periódico “TheTimes” abierto por la página bursátil sobre la mesa de lectura.
-Querida, ¿has visto a Louis? -dijo Lord Albert Edintong, mirando vagamente a su esposa-.
-Sí, querido, lleva toda la tarde con el jardinero, replanteando los parterres frente a la carretera -contestó lady Ágata, colocando una última prímula en el jarrón del espejo, sobre la chimenea-.
-Hemos de hablar. En privado -Lord Albert se levantó para cerrar cuidadosamente la puerta-. La situación ya no se puede sostener más. Mañana Louis sustituirá el cartel de “SE ALQUILA” por el de “SE VENDE”.
-Pero, querido, eso significa...
-Que debemos marcharnos definitivamente de aquí –acabó la frase su marido-. Y reconocer nuestra derrota económica, lo cual me cerrará muchas puertas, pues nadie se asocia a un fracasado.
-Si hubiéramos podido alquilar…-suspiró ella-.
-Nos hubiéramos ido al continente, dos meses en Frankfurt, con tus primos, tres en la Riviera francesa, con mi hermana y su marido, y otros doce meses más visitando a los parientes alemanes e italianos.-Lord Albert carraspeó levemente-.
MATÍAS ORTEGA CARMONA
El Ruiseñor y la Rosa
Hizo suyas, el cándido ruiseñor,
las penas de un joven embelesado
por una mujer vanidosa,
quien como prueba de amor
le pidió la más bella de las rosas.
¿Dónde encontraré esa rosa roja
que cautive el corazón de mi doncella?
¿Existirá un rosal que dé una flor tan bella?
Se preguntaba el galán lleno de congoja.
Contestó el ruiseñor:
No sufras mi buen amigo,
Volaré hasta hallarla
y pronto la tendrás contigo.
Cansado de tanto volar
sin encontrar lo que buscaba,
se detuvo a descansar
y mientras lo hacia, cantaba.
Un rosal de blancas rosas
de sus trinos se prendó
y su flor más hermosa
al ruiseñor ofreció.
Más linda no podía ser,
pero su blanco inmaculado
no era el color deseado
por la caprichosa mujer.
Abrazado al rosal, sin notar sus espinas,
seguía cantando el ruiseñor,
mientras gotas de su sangre roja
cubrían los pétalos de la rosa
y la cambiaban de color.
Así nació la rosa de la pasión,
para expresar sentimientos
que se llevan en el corazón,
unas veces alegrías y otras lamentos.
Matías Ortega Carmona
Oscar Wilde escribió un triste cuento en el que creo que reflejó parte de sus propias contradicciones emocionales. Por un lado una extrema sensibilidad destacando las bondades del amor en el personaje del ruiseñor y por otro la amargura del amor, superado por las miserias humanas, en los personajes del estudiante y su pretendida enamorada.
Esta es mi versión, en forma de poema, de esa historia.
ALEJANDRO ALONSO CABRERA
Londres, 6 de Diciembre del año de Nuestro Señor 1885
Querido y estimado amigo Ayrton:
Te escribo la siguiente con el fin de poner en tu conocimiento los extraños acontecimientos acaecidos durante mi viaje a Worthing. No es mi intención que obres, de ninguna manera, en consecuencia; tan sólo que entiendas cuál es ahora mi situación y de cómo he llegado a ella, y por qué haré, lo que haré en un futuro, supongo, no muy lejano.
Como recordarás, el pasado domingo día 22 de noviembre tuve que desplazarme irremediablemente a Worthing. Sabes lo poco amigo que soy de los viajes, pero la repentina muerte de mi tio Alvort era un acontecimiento al cual debía asistir. Llevaba varios meses postrado en la cama, siendo visitado día sí y día no por el médico del pueblo, un hombre inteligente, audaz y dotado para la medicina llamado Cordell. Así pues, el domingo por la mañana recibí la llamada de Brunke, su mayordomo: mi tío estaba agonizando y deseaba verme lo antes posible. Preparé las cosas para un viaje rápido, cosas imprescindibles, cuatro camisas, cuatro pares de pantalones, tres chaquetas y cuatro chalecos, mudas, calcetines, dos abrigos, zapatos, paraguas y el aseo. Mandé preparar el coche y te envié la nota con el motivo de mi viaje. Han pasado 13 días desde entonces. Sé que sabes que regresé el jueves 26 y desde entonces no sabes más de mí, ni contesto a tus llamadas, ni mis criados atienden a tus ruegos en la puerta. Espero que tras leer ésta entiendas el por qué.
Al llegar a casa de mi tío, apenas entré, oí los quejidos provenientes del dormitorio. Quedé horrorizado, no eran lamentos, no eran llantos de dolor, era algo más profundo, algo más sobrecogedor. No puedo quitar de mi cabeza aquellos gritos. Corrí a la habitación, pero una mano me detuvo delante de la puerta. Cordell me bloqueaba la entrada. “Espere”, me dijo, “no entre aún, entiendo que usted es Rodland, su sobrino”. Asentí entre jadeos. Los llantos traspasaban la puerta como si ésta y las paredes no existieran. Miré extrañado a Cordell, el corazón me palpitaba y la respiración se me aceleró. Al ver mi cara descompuesta Rodland trató de calmarme y me explicó que no debía pasar mientras mi tío estuviera en ese estado, no era conveniente verle incluso para él. Le interrogué sobre el estado de mi tío, pero sus palabras ni afirmaban ni negaban nada, no sabía decirme cuál era su estado, podría morir hoy o mañana, lo mismo que dentro de un mes, aunque mi tío tenía el convencimiento de que sería hoy. Pero ¿de qué mal estaba aquejado mi tío? Hacía meses que un caballo le había tirado al suelo, un hombre de su edad no debía montar a caballo. A partir de ese día es como si hubiera perdido la cordura, hablaba de personas que no estaban, de seres que le vigilaban y le decían cosas, veía cosas que el resto no entendíamos. Pero no estaba loco, aún no, era el mismo hombre que todos conocíamos. En las tardes, entrando en la noche, es como si alguien o algo se apoderara de él y se trasformara en otra persona. Tenía miedo, él, que nunca fue temeroso de nada ni nadie. Su criado debía aguardar toda la noche con él, así días y días, meses.
EVELIA SAN JUAN AGUADO
RETRATO EN SEPIA
Frente a la puerta, en el centro de la pared principal, presiden desde su gran marco ovalado el añejo comedor. Miran con insistencia incansable a cuantos entran y les siguen en sus movimientos. Ella viste traje de chaqueta negro, mantilla de blonda azabache, collar de perlas. En la mano izquierda, una pequeña cartera. Él lleva un traje cruzado de mil rayas color marengo, camisa blanca, corbata oscura. Situado a la derecha de ella, esta vez aparece con la cabeza descubierta, el pelo fuerte y hermoso peinado a raya. En los ojos enormes de ella hay seriedad, aunque si se observa algún tiempo se puede captar un ligero atisbo de sonrisa.
Son jóvenes, acaban de casarse, quieren dejar este recuerdo de su día más importante. De momento, están uno al lado del otro, él a la izquierda, ella a la derecha. Necesitan tiempo para asegurar la convivencia y lo van a tener, más de sesenta años. Miran a la cámara con seriedad.
Él piensa: “Míranos, aquí nos tienes, mejor vestidos que nunca. Acabamos de casarnos y lo vamos a celebrar en la casa de mis suegros. Tenemos un buen banquete y muchos invitados de la familia, que se van a quedar esta noche para celebrar mañana la tornaboda. No se ha escatimado nada. Han sido sacrificados 12 corderos, 25 pollos y 25 conejos. Las madres llevan una semana afanadas junto al horno para tener a punto las hogazas y hacer cestas y cestas de rosquillas. Sin olvidar los mazapanes, dos docenas.
Frente a la puerta, en el centro de la pared principal, presiden desde su gran marco ovalado el añejo comedor. Miran con insistencia incansable a cuantos entran y les siguen en sus movimientos. Ella viste traje de chaqueta negro, mantilla de blonda azabache, collar de perlas. En la mano izquierda, una pequeña cartera. Él lleva un traje cruzado de mil rayas color marengo, camisa blanca, corbata oscura. Situado a la derecha de ella, esta vez aparece con la cabeza descubierta, el pelo fuerte y hermoso peinado a raya. En los ojos enormes de ella hay seriedad, aunque si se observa algún tiempo se puede captar un ligero atisbo de sonrisa.
Son jóvenes, acaban de casarse, quieren dejar este recuerdo de su día más importante. De momento, están uno al lado del otro, él a la izquierda, ella a la derecha. Necesitan tiempo para asegurar la convivencia y lo van a tener, más de sesenta años. Miran a la cámara con seriedad.
Él piensa: “Míranos, aquí nos tienes, mejor vestidos que nunca. Acabamos de casarnos y lo vamos a celebrar en la casa de mis suegros. Tenemos un buen banquete y muchos invitados de la familia, que se van a quedar esta noche para celebrar mañana la tornaboda. No se ha escatimado nada. Han sido sacrificados 12 corderos, 25 pollos y 25 conejos. Las madres llevan una semana afanadas junto al horno para tener a punto las hogazas y hacer cestas y cestas de rosquillas. Sin olvidar los mazapanes, dos docenas.
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