RECUERDOS FAMILIARES
La pequeña Juana vivía en un diminuto pueblo, en la provincia de Teruel. Uno de esos pueblos donde nunca pasa nada, y donde casi no vive nadie. Era una de las pocas niñas que correteaban por las calles, jugueteando con el repiqueteo del eco de sus pasos; pero, acostumbrada a estar sola, no desfallecía jamás en su afán por divertirse y aprender cosas nuevas, futuros soportes de sus fantasías.
Para pasar el tiempo, su madre le había permitido, tras su reciente noveno cumpleaños, escarbar en el polvoriento caramanchón de la vieja casa familiar. Allí, junto a viejos trillos y arados, martillos, hachas, y herramientas de todo tipo, incluso un catetómetro había, encontró su pequeño tesoro. Un libro enorme, de aspecto ancestral, encuadernado en cuero ennegrecido por el uso y el tiempo, que sabe Dios de quién sería, ya que ni su abuelo Paco, que era el depositario de los recuerdos e historias de familia, tenía claro a quién había pertenecido.
En las tardes de primavera, Juana gustaba de acompañar a su madre a preparar el tendal. Allí, detrás de la casa, al colaire, secaba antes la ropa. Y mientras su madre tendía, ella, tumbada en la hierba, que crecía abundante junto a la vereda que conducía a la nebreda, escudriñaba con afán su hallazgo.
No terminaba de entender con claridad algunas cosas, y la proximidad de su madre le daba la oportunidad de preguntar: “Mamá, ¿qué significa sesquiáltero?, mamá ¿qué es rito? ó ¿por qué el tío Julián no tiene pegasos en las cuadras?”