JESÚS SALGADO ROMERA

LA CREACIÓN

Desperté lentamente. Abrí los ojos sintiendo calor, tenue y reconfortante.
Una suave luz anaranjada me rodea.
Muevo los brazos. Chocan con una capa flexible. La analizo visualmente; la palpo: es una membrana de materia orgánica que forma una burbuja a mi alrededor.
No sé qué puede haber al otro lado de esta translúcida crisálida.
Estoy débil y siento cómo mis fuerzas flaquean.
Mis párpados pesan, mis brazos quedan cruzados en mi regazo; el cansancio se transforma en un adormecimiento que se apodera de mi mente, y me sumerjo en él.
Silencio, calor reconfortante, placidez.

PEPA RUBIO BARDÓN

NADA ES LO QUE PARECE

En las vacaciones de verano, los primos nos reuníamos en casa de los abuelos, y una de nuestras distracciones favoritas era inspeccionar el caramanchón y convertirnos en improvisados detectives, con la ilusión de hallar un gran tesoro. Nada escapaba a nuestra curiosidad y control. Hacíamos un minucioso registro y no dejábamos títere con cabeza. Nos llamaban especialmente la atención las fotografías antiguas. En la mayoría de los casos no conocíamos a los retratados, que se convertían en protagonistas de historias disparatadas o truculentas, que provocaban un coro de risas o una desbandada general.
Nuestro interés se centraba sobre todo en un baúl de metal, con dibujos dorados y azules, forrado en raso, que la abuela había traído de Córdoba-Argentina. Contenía un sinfín de objetos: guantes de ganchillo, tocados, sombreros, carteras de mano, vestidos de gasa y encaje, prendas de terciopelo, zapatos de tacón que hacían las delicias de las niñas a la hora de los disfraces.

ALEJANDRO ALONSO CABRERA

Madre

La mañana levanto airón, era normal en aquella época del año, pero día sí y día también llegaba a cansar. Había quien decía que aquello era bueno, que la naturaleza era sabia y que para algo servía. ¿Para qué? Me preguntaba yo, ¿para qué? Era más molesto que otra cosa y, desde luego, yo no le veía utilidad alguna, si acaso para molinos de vientos que no había en el lugar. No tengo recuerdo de otro tiempo igual, y eso que con aquella edad los recuerdos estaban bien frescos; ahora me cuesta traerlos, no sé si por el propio olvido o por el cansancio de la edad.
Ver a mi padre moviendo los trastos del camaranchón me dejó perplejo, no era hombre de labores domésticas. Quizá buscaba algo, no sé, tal vez mi madre le mandó, el caso es que buscaba y estuvo un buen rato revolviendo, moviendo las cosas de acá para allá, bajaba y salía de la casa, miraba desde el exterior y volvía a entrar, subía de nuevo y continuaba la búsqueda. A mí me tenía en ascuas, jamás le había visto así, no estaba exaltado ni cabreado, tampoco tenía cara de preocupación ni desespero. Era, mi padre, más bien un hombre tranquilo, incluso fue capaz de mantener la calma cuando la cuadra fue pasto de las llamas. Consiguió sacar al ganado y recuperar casi todos los aperos, apagar el fuego fue otra cosa, pero supo organizar a los vecinos para que aquello no se extendiera. En una de esas bajadas y salidas de casa, en vez de mirar la casa posó su mirada sobre mí. Me sentí un tanto temeroso. Avanzó con paso firme hasta donde yo estaba. Realmente yo no había hecho nada, había estado toda la mañana fuera de la casa, le había dado de comer a las pitas y los gochos y había limpiado un poco, después me senté bajo un exiliado árbol que debía pertenecer a la nebreda de tras el monte. Cuando mi padre estuvo frente a mí me preguntó

MATILDE RAMÍREZ ARANDA

RECUERDOS FAMILIARES

La pequeña Juana vivía en un diminuto pueblo, en la provincia de Teruel. Uno de esos pueblos donde nunca pasa nada, y donde casi no vive nadie. Era una de las pocas niñas que correteaban por las calles, jugueteando con el repiqueteo del eco de sus pasos; pero, acostumbrada a estar sola, no desfallecía jamás en su afán por divertirse y aprender cosas nuevas, futuros soportes de sus fantasías.

Para pasar el tiempo, su madre le había permitido, tras su reciente noveno cumpleaños, escarbar en el polvoriento caramanchón de la vieja casa familiar. Allí, junto a viejos trillos y arados, martillos, hachas, y herramientas de todo tipo, incluso un catetómetro había, encontró su pequeño tesoro. Un libro enorme, de aspecto ancestral, encuadernado en cuero ennegrecido por el uso y el tiempo, que sabe Dios de quién sería, ya que ni su abuelo Paco, que era el depositario de los recuerdos e historias de familia, tenía claro a quién había pertenecido.

En las tardes de primavera, Juana gustaba de acompañar a su madre a preparar el tendal. Allí, detrás de la casa, al colaire, secaba antes la ropa. Y mientras su madre tendía, ella, tumbada en la hierba, que crecía abundante junto a la vereda que conducía a la nebreda, escudriñaba con afán su hallazgo.

No terminaba de entender con claridad algunas cosas, y la proximidad de su madre le daba la oportunidad de preguntar: “Mamá, ¿qué significa sesquiáltero?, mamá ¿qué es rito? ó ¿por qué el tío Julián no tiene pegasos en las cuadras?”

EL HOMENAJE A OSCAR WILDE HA CONCLUÍDO




Hemos recopilado doce interesantes textos, entre relatos y poemas. Ha sido un gran placer para muchos el reencuentro con la obra de este autor, y para el resto descubrir a un escritor tan interesante.
Aquí quedan, para el deleite de nuestros Amigos Lectores, nuestros escritos.

Mª IGNACIA CASO DE LOS COBOS GALÁN

LA MARIPOSA AZUL

Mi nombre es Romualdo José y el pueblo donde yo vivo, mi pueblo, se llama Aristóbulo del Valle, en la provincia de Misiones, (Argentina). Se encuentra en las cercanías de la Selva de Iguazú, rodeado de montañas con bosques frondosos.

Cuando yo era chico me encontraba jugando con unos amigos a las canicas y a la peonza, que tirábamos fuerte para que roncara, cuando de pronto se posó sobre mi brazo una mariposa color azul, bonita y grande como nunca había visto. Le puse la palma de la mano y voló hacia ella y así pude contemplarla durante mucho tiempo. No quería que marchara, había venido a mí, era de mi propiedad; mas… ¡qué equivocado estaba! porque, pasado un tiempito, se fue hacia unas ramas y poco después la perdí de vista.

¡Qué desilusión sentí! Al llegar a casa se lo conté a mis padres y abuelos que me dijeron era un tipo de mariposa que habita en la selva. Aquello quedó rondando por mi cabeza y no paraba de pensar en hacer una excursión para volver a verla.

JOSÉ CUETO

El hombre sin retrato


Caminaba por la gran ciudad, abrigado del frío y de las miradas de la abarrotada calle. Una gorra le protegía de la incesante lluvia londinense y la parte inferior de su rostro y el cuello estaban cubiertos por una neck gaiter de color ceniza. Las manos en los bolsillos de su chaqueta le daban un aire despreocupado y juvenil. No solía salir de su casa, pero ya hacía demasiado tiempo desde la última vez. Su cuerpo le pedía pasear bajo las oscuras y esponjosas nubes del Londres matutino. Quería volver a ver las bellezas arquitectónicas que se erguían en la concurrida ciudad, enamorarse de nuevo de sus iglesias y sus torres, de sus palacios y del enorme y grandioso parlamento. La torre de San Esteban, conocida popularmente como el Big Ben, siempre había ejercido un poder extraño sobre él. Se paró a observarla desde el puente.

Sacó su blackberry del bolsillo de sus modernos tejanos medio ajustados, resultado de encomendar a su nuevo sirviente que le comprase algo de ropa para la ocasión. Marcó distraídamente los números y llamó a Clyde, su amigo desde la infancia. Uno de los pocos amigos, por no decir el único. En la sociedad que le rodeaba se llevaba el colegueo y el falso afecto, sobre todo cuando a uno le veían como un personaje rico y manipulable. Además, no soportaba que la gente siempre le recordase su problema, enfermedad, deformidad o como quisiesen llamarlo. Todo eufemismo molestaba de igual manera.