Mª IGNACIA CASO DE LOS COBOS GALÁN


EL GRAN PUZZLE

Aquél verano estaba dando sus últimos coletazos. Hasta el sol palidecía y el viento daba sensación de frío; el mar se había puesto bravo, con grandes olas que saltaban el malecón. Nos tenían prohibido acercarnos allí porque todos los días volvíamos con un gran remojón.
Pasamos por una nebreda sin saber qué hacer. El cielo amenazaba tormenta y no era divertido estar deambulando por las calles.
Por fin nos decidimos: fuimos a casa de mi abuela a la que rogamos nos dejara subir al caramanchón. Siempre nos ponían trabas, por lo que era un reto para nosotros. Habíamos oído contar truculentas historias ocurridas en lugares semejantes.

MARÍA DEL CARMEN SALGADO ROMERA

LA FOTO

Septiembre se adueño de mí, y yo me adueñé de su piso.
Casi sin pensar.
Una transacción rápida, necesitaba el dinero.
Deudas de juego, supuse.
Y se marchó sin llevarse las paredes.

Unas paredes extrañas, salpicadas de fragmentos de El Jardín de las Delicias.
Repartidos por el salón, hombres, mujeres, animales y frutas desnudos.
Sí, todos desnudos. En relieve, pintados de vivos colores.
A tamaño real.

MAR CUETO ALLER

DESCENDIENDO
Cuando abandonamos el planeta Edenia sabíamos que dejábamos atrás un mundo de bienestar, plenitud y abundancia insuperables. Aún así, en nuestra inconsciencia, íbamos llenos de esperanza y de expectación. No guardábamos rencor al consejo supremo por habernos desterrado. Sabíamos que no les había quedado más remedio. Nuestra obstinación era la causante. Estábamos muy agradecidos de que en lugar de destruirnos, como estaba en su poder, nos hubiesen facilitado la nave necesaria para nuestra completa supervivencia. Intentaron por todos los medios de disuadirnos. Pero todo fue en vano. La duda había germinado dentro de nosotros y ya no podría ser exterminada. Recuerdo las interminables charlas con las que trataron de reeducarnos. Y cómo, vez tras vez, frustraron todos nuestros intentos de rebeldía.
-¿Cuál es la razón de que deseéis ir contra la libertad preestablecida?-Nos preguntaban intrigados.
-Deseamos saber qué se siente al hacer lo contrario de lo habitual-contesté con sinceridad.
-¿Para qué? Si lo habitual está comprobado que es lo mejor para todos nosotros. Y según los estudios que constantemente efectuamos ya se ha demostrado que los cambios son necesarios. Pero deben instituirse paulatinamente, de modo que la adaptación sea lo menos traumática posible y se asegure el éxito y la ausencia de fracaso equilibradamente.

JESÚS SALGADO ROMERA

LA CREACIÓN

Desperté lentamente. Abrí los ojos sintiendo calor, tenue y reconfortante.
Una suave luz anaranjada me rodea.
Muevo los brazos. Chocan con una capa flexible. La analizo visualmente; la palpo: es una membrana de materia orgánica que forma una burbuja a mi alrededor.
No sé qué puede haber al otro lado de esta translúcida crisálida.
Estoy débil y siento cómo mis fuerzas flaquean.
Mis párpados pesan, mis brazos quedan cruzados en mi regazo; el cansancio se transforma en un adormecimiento que se apodera de mi mente, y me sumerjo en él.
Silencio, calor reconfortante, placidez.

PEPA RUBIO BARDÓN

NADA ES LO QUE PARECE

En las vacaciones de verano, los primos nos reuníamos en casa de los abuelos, y una de nuestras distracciones favoritas era inspeccionar el caramanchón y convertirnos en improvisados detectives, con la ilusión de hallar un gran tesoro. Nada escapaba a nuestra curiosidad y control. Hacíamos un minucioso registro y no dejábamos títere con cabeza. Nos llamaban especialmente la atención las fotografías antiguas. En la mayoría de los casos no conocíamos a los retratados, que se convertían en protagonistas de historias disparatadas o truculentas, que provocaban un coro de risas o una desbandada general.
Nuestro interés se centraba sobre todo en un baúl de metal, con dibujos dorados y azules, forrado en raso, que la abuela había traído de Córdoba-Argentina. Contenía un sinfín de objetos: guantes de ganchillo, tocados, sombreros, carteras de mano, vestidos de gasa y encaje, prendas de terciopelo, zapatos de tacón que hacían las delicias de las niñas a la hora de los disfraces.

ALEJANDRO ALONSO CABRERA

Madre

La mañana levanto airón, era normal en aquella época del año, pero día sí y día también llegaba a cansar. Había quien decía que aquello era bueno, que la naturaleza era sabia y que para algo servía. ¿Para qué? Me preguntaba yo, ¿para qué? Era más molesto que otra cosa y, desde luego, yo no le veía utilidad alguna, si acaso para molinos de vientos que no había en el lugar. No tengo recuerdo de otro tiempo igual, y eso que con aquella edad los recuerdos estaban bien frescos; ahora me cuesta traerlos, no sé si por el propio olvido o por el cansancio de la edad.
Ver a mi padre moviendo los trastos del camaranchón me dejó perplejo, no era hombre de labores domésticas. Quizá buscaba algo, no sé, tal vez mi madre le mandó, el caso es que buscaba y estuvo un buen rato revolviendo, moviendo las cosas de acá para allá, bajaba y salía de la casa, miraba desde el exterior y volvía a entrar, subía de nuevo y continuaba la búsqueda. A mí me tenía en ascuas, jamás le había visto así, no estaba exaltado ni cabreado, tampoco tenía cara de preocupación ni desespero. Era, mi padre, más bien un hombre tranquilo, incluso fue capaz de mantener la calma cuando la cuadra fue pasto de las llamas. Consiguió sacar al ganado y recuperar casi todos los aperos, apagar el fuego fue otra cosa, pero supo organizar a los vecinos para que aquello no se extendiera. En una de esas bajadas y salidas de casa, en vez de mirar la casa posó su mirada sobre mí. Me sentí un tanto temeroso. Avanzó con paso firme hasta donde yo estaba. Realmente yo no había hecho nada, había estado toda la mañana fuera de la casa, le había dado de comer a las pitas y los gochos y había limpiado un poco, después me senté bajo un exiliado árbol que debía pertenecer a la nebreda de tras el monte. Cuando mi padre estuvo frente a mí me preguntó

MATILDE RAMÍREZ ARANDA

RECUERDOS FAMILIARES

La pequeña Juana vivía en un diminuto pueblo, en la provincia de Teruel. Uno de esos pueblos donde nunca pasa nada, y donde casi no vive nadie. Era una de las pocas niñas que correteaban por las calles, jugueteando con el repiqueteo del eco de sus pasos; pero, acostumbrada a estar sola, no desfallecía jamás en su afán por divertirse y aprender cosas nuevas, futuros soportes de sus fantasías.

Para pasar el tiempo, su madre le había permitido, tras su reciente noveno cumpleaños, escarbar en el polvoriento caramanchón de la vieja casa familiar. Allí, junto a viejos trillos y arados, martillos, hachas, y herramientas de todo tipo, incluso un catetómetro había, encontró su pequeño tesoro. Un libro enorme, de aspecto ancestral, encuadernado en cuero ennegrecido por el uso y el tiempo, que sabe Dios de quién sería, ya que ni su abuelo Paco, que era el depositario de los recuerdos e historias de familia, tenía claro a quién había pertenecido.

En las tardes de primavera, Juana gustaba de acompañar a su madre a preparar el tendal. Allí, detrás de la casa, al colaire, secaba antes la ropa. Y mientras su madre tendía, ella, tumbada en la hierba, que crecía abundante junto a la vereda que conducía a la nebreda, escudriñaba con afán su hallazgo.

No terminaba de entender con claridad algunas cosas, y la proximidad de su madre le daba la oportunidad de preguntar: “Mamá, ¿qué significa sesquiáltero?, mamá ¿qué es rito? ó ¿por qué el tío Julián no tiene pegasos en las cuadras?”