GUILLERMINA CASTAÑÓN

OTRO BASTA YA

Era medianoche, se disponía a retirarse a su habitación. Antes de subir las escaleras echó un vistazo para cerciorarse de que todo estaba en orden. Una vez en la parte alta de la casa, también como de costumbre, se percató de que salía luz por debajo de la puerta de las habitaciones de sus hijos…….pensó: ¡Que alegría!, están en casa.
El país estaba revuelto y cada vez había más enfrentamientos en la calle: los jóvenes y tambien los menos jóvenes no estaban de acuerdo con el rumbo que estaba llevando el país. Lo que más le preocupaba era cómo su marido se iba envenenando día a día hasta el extremo de poder enfermar por todas las cuestiones que se estaban viviendo y otras muchas que estaban por venir. Por eso y tantas otras cosas se sentía feliz cuando su familia estaba en casa.
Una vez en la habitación observó que su marido dormía placidamente, pero su tranquilidad duró poco, pues en ese momento se oyó un estruendoso ruido en toda la urbanización despertando de un sobresalto Andoni, su marido. Se levantó rápidamente y abrió la ventana: ¡Qué pasa!... gritó y pudo ver cómo unos individuos estaban forzando a un vecino y con la resistencia de éste estaban dando fuertes golpes en las puertas de la entrada a la urbanización con el coche. Bajó rápidamente y antes de abrir la puerta de la calle, dio media vuelta, entró en el despacho, abrió el cajón derecho de su escritorio y cogió la pistola.

Mª EVELIA SAN JUAN AGUADO

EL CUARTÓN

Todos los miembros de la familia lo llaman “el cuartón” –por su tamaño- y tienen relación con él. Es un camaranchón, sesquiáltero como toda la casa, un mundo singular, desligado en parte del resto y dotado de vida propia. El suelo es de tabla sin barnizar y las paredes enfoscadas de cemento. Atraviesan el techo unas robustas vigas de madera muy oscura, a gran altura. Recibe el sol de la mañana a través de una ventana baja que se abre al tejado del taller.

Allí conviven en armonía miles de objetos dispares que alguna vez acompañaron a los dueños en su diario afán y luego quedaron a la espera de una nueva oportunidad. Destaca desde la entrada la cama azul de barrotes de madera, construída hace más de sesenta años por el señor Nebreda, experto en la materia, destinada ahora a conservar los colchones de lana que hace más de veinte años fueron sustituídos por otros de espuma o de muelles. A la señora Nebreda le daba pena desprenderse de ellos, después de tantos años de abrirlos todos los veranos, extenderlos al sol, varear los vellones, remendar la tela o poner una nueva, coserlos y ponerles las cintas anudadas en lazada. Toda la vida “escomulléndolos” a diario al hacer las camas, le parecía imposible que pudieran ser mejores los modernos y por eso se había resistido a cambiarlos. Hacía mucho tiempo que esta cama ya no era usada por los chiquillos cuando llegaban las fiestas del pueblo. Los invitados comían y cenaban, pero ya no se quedaban a dormir como en otro tiempo.

JOSE CUETO

Homenaje a El jardín de las delicias del Bosco.


Comenzando por la nebreda que se extiende cual muro frente a mis ojos, compongo el verso creador, la primera palabra y la imagen del nubarrón de delicias que recorren mis neuronas inquietas e imaginativas. Aún veo por encima de tales hojarascas dos ojos extraños, oscuros y desviados.
Siento el chapoteo de varios necios en los charcos mientras mi hermana trata de decirme algo. Me agacho, pero apenas atiendo a lo que me dice. Aquella enorme cabeza de búho acaba de girar un sesquiáltero y tengo los nervios a flor de piel, me está dando la nuca como si de una señal de tráfico emocional se tratase.
-Ve y observa aquellas aves grandiosas y hermosas, hermano… Pero evita mirar a estos desnudos encapuchados cual medusa transparente, ¡quedarás ciego!
El contrato de fraternidad entre nosotros me obliga a hacer caso de mi imitadora de eremitas, filósofa sin rumbo y delicada hermana.
Vadeo por un pequeño colaire los preciosos enebros y aparezco ante un tendal de figuras colgadas concéntricas a un estanque; desfilando, montando, cogiendo y riendo animales abestializados y domésticos.

ANA DOMINGO MARTÍNEZ

≈ ABRE TU CORAZÓN ≈

La mecedora se balanceaba suavemente. Sentado en ella, Jerónimo acogía en sus manos una cámara fotográfica anticuada. Con esmero y pulcritud todos los días la examinaba. Siempre estaba a punto para hacer saltar su disparador y con un solo clic captar aquellas imágenes que le motivasen.

Se oyó el motor de un coche. Alzó la cabeza para divisar a través de la ventana. Jerónimo se levantó de la mecedora y ésta se quejó para después de un rato pausar. Como todos los veranos, venía el pequeño diablillo, su nieto Nicolás a pasar la temporada con él. Lo esperaba con mucha ilusión.

Abrió la puerta sin decir nada y sintió alrededor de su cintura unos bracitos. Eran momentos inolvidables para este anciano. Pasaron dentro de la casita, su hija Juana junto con su marido Imanol, Nicolás a toda pastilla y Jerónimo. Charlaron buen rato en el acogedor salón, mientras el chiquillo no paraba de corretear por todo el pasillo cuando de repente, llamándole la atención una puerta cerrada que había arriba del todo, al finalizar las escaleras, tropezó y cayó de narices contra el suelo, lloriqueando a moco tendido. Alarmados, fueron a ver lo que había pasado e intentaron calmarlo. Decidieron ir a merendar -y así olvidar el susto- lo que habían preparado en un gran cuenco a base de fresas, cerezas, frambuesas, madroños y melocotones. Ya entrada la noche fueron a acostarse, menos Nicolás y Jerónimo. El niño quería permanecer más rato con su abuelo y así tener la oportunidad de preguntar qué era aquella habitación de arriba, “la culpable de su caída”.

Mª IGNACIA CASO DE LOS COBOS GALÁN


EL GRAN PUZZLE

Aquél verano estaba dando sus últimos coletazos. Hasta el sol palidecía y el viento daba sensación de frío; el mar se había puesto bravo, con grandes olas que saltaban el malecón. Nos tenían prohibido acercarnos allí porque todos los días volvíamos con un gran remojón.
Pasamos por una nebreda sin saber qué hacer. El cielo amenazaba tormenta y no era divertido estar deambulando por las calles.
Por fin nos decidimos: fuimos a casa de mi abuela a la que rogamos nos dejara subir al caramanchón. Siempre nos ponían trabas, por lo que era un reto para nosotros. Habíamos oído contar truculentas historias ocurridas en lugares semejantes.

MARÍA DEL CARMEN SALGADO ROMERA

LA FOTO

Septiembre se adueño de mí, y yo me adueñé de su piso.
Casi sin pensar.
Una transacción rápida, necesitaba el dinero.
Deudas de juego, supuse.
Y se marchó sin llevarse las paredes.

Unas paredes extrañas, salpicadas de fragmentos de El Jardín de las Delicias.
Repartidos por el salón, hombres, mujeres, animales y frutas desnudos.
Sí, todos desnudos. En relieve, pintados de vivos colores.
A tamaño real.

MAR CUETO ALLER

DESCENDIENDO
Cuando abandonamos el planeta Edenia sabíamos que dejábamos atrás un mundo de bienestar, plenitud y abundancia insuperables. Aún así, en nuestra inconsciencia, íbamos llenos de esperanza y de expectación. No guardábamos rencor al consejo supremo por habernos desterrado. Sabíamos que no les había quedado más remedio. Nuestra obstinación era la causante. Estábamos muy agradecidos de que en lugar de destruirnos, como estaba en su poder, nos hubiesen facilitado la nave necesaria para nuestra completa supervivencia. Intentaron por todos los medios de disuadirnos. Pero todo fue en vano. La duda había germinado dentro de nosotros y ya no podría ser exterminada. Recuerdo las interminables charlas con las que trataron de reeducarnos. Y cómo, vez tras vez, frustraron todos nuestros intentos de rebeldía.
-¿Cuál es la razón de que deseéis ir contra la libertad preestablecida?-Nos preguntaban intrigados.
-Deseamos saber qué se siente al hacer lo contrario de lo habitual-contesté con sinceridad.
-¿Para qué? Si lo habitual está comprobado que es lo mejor para todos nosotros. Y según los estudios que constantemente efectuamos ya se ha demostrado que los cambios son necesarios. Pero deben instituirse paulatinamente, de modo que la adaptación sea lo menos traumática posible y se asegure el éxito y la ausencia de fracaso equilibradamente.