Conocí a Saramago una tarde lejana en el tiempo. En principio escuché comentarios sobre su obra, su pensamiento, profundicé en él a través de “Ensayo sobre la ceguera”, “La balsa de Piedra” y algunos artículos periodísticos donde le entrevistaban.
Y no me pareció un genio.
Simplemente descubrí al hombre de la calle, con las preocupaciones cotidianas por la vida y las gentes; por el mundo y sus problemas, con un inmenso amor hacia el género humano y una sensibilidad fuera de lo común.
A medida que fui ahondando en su existencia, descubrí que teníamos puntos comunes en nuestras vidas, creo que como muchos otros seres humanos.